ALGUIEN DIJO hace tiempo que lo peor que le podía ocurrir a un negro (aparte de nacer en Alabama, donde entonces los colgaban de una rama) era verse enredado en el deseo de ser como un blanco. De haberlo dicho ahora, se hubiera visto bastante corrido a gorrazos por la flagrante incorrección política de esas palabras. Pero ese no es el caso. El caso es lo muy negras que se le han puesto estas navidades a Michael Jackson, un negro que, probablemente, nunca las tuvo blancas, y cuyo problema más seminal no tiene tanto que ver con un deseo hipotético o metafórico de ser como un blanco, sino con la decisión -enconadamente puesta en práctica- de ser blanco. El suplemento dominical El Semanal publicaba hace unos días un reportaje, firmado por Siemens, Streck y Wiechman, en el que, al repasar los problemas de este hombre suscitados por su supuesta pederastia, se cita una declaración del cantante en defensa de su actitud hacia los niños: «En la Biblia se dice 'Dejad que los niños se acerquen a mí'. No quiero decir con esto que yo sea Dios. Pero quiero comportarme igual que Dios». Los mencionados reporteros añaden una observación crucial para la consideración del caso: «En el fondo, el cantante no había comprendido nada». Estoy convencido de eso, y no sólo en el caso de Michael Jackson, sino en el de todos cuantos, a partir de un no se qué, deciden comportarse «igual que Dios». El paso inmediato a esa actitud conduce a no comprender nada. Es una consecuencia lógica, pues los designios de Dios son, por lo general, inescrutables e inextricables, es decir, que no se pueden saber ni averiguar y resultan, por tanto, intrincados y confusos. De ahí que quien quiera comportarse igual que Dios comience por inventar un Dios a su medida y del que hacerse a su imagen y semejanza. Cualquier foto reciente de Michael Jackson sugiere una imagen de Dios en consecuencia con la mezcla de los rasgos y facciones de Bette Davies, Joan Crawford y Joan Collins, enmarcada en una melena cuyos evidentes implantes dan idea de lo que hay que tener para lucirlos, e inserta en un tapiz de afeites y coloretes más cercanos al maquillaje de las viejas damas del vodevil que a las cualidades de cualquier lìnea contemporánea de cosmética. Puede que la idea de Dios acariciada por Michael Jackson sea la de una abuelita asexuada y decrépita, que renquea apoyada en una muleta por una mansión de Nunca Jamás en la que acoge niños perdidos para acostarse con ellos como si fuera su osito. Hay ideas que pertenecen al mundo de los sueños acariciados por el héroe, el artista, el necio, el idiota, el payaso y etcétera. Un necio es alguien que no comprende que 2 y 2 son 4 aunque le construyan esa suma ante sus narices. El idiota, además de no comprenderlo, se puede echar a llorar ante la evidencia, o encolerizarse. Su llanto forma parte del instinto del payaso. Su cólera es el músculo del tirano, del dictador o del déspota contra todo aquello que pone en evidencia lo incomprensible de su idea, de su sueño. Hace unos meses, Michael Jackson sacó a un hijo suyo por el balcón y lo suspendió en el vacío. La presunción de su pederastia es opinable mientras los cargos no se demuestren más allá de toda duda razonable. De lo que no cabe duda es de que este pobre hombre está enfermo. Así que convendría mantenerlo alejado de cualquier niño o cosa que se le parezca. Incluso convendría alejarlo de sí mismo, o, bien, dejarlo a solas consigo o con quien se le aparezca.