LA IMAGEN que proyecta el final de la legislatura, con Aznar enfrentado a toda la oposición y abroncado por ésta en el Parlamento, no es una buena noticia para Mariano Rajoy. La soledad política a la que Aznar ha conducido al PP no facilitará al candidato conservador la formación de gobierno, salvo que logre una improbable mayoría absoluta en las elecciones generales. Tampoco un balance que derive de un análisis objetivo de la evolución social del país respaldará el triunfalismo que promueven el Gobierno y sus epígonos mediáticos. El «España va bien» amenaza con derretirse al calor de las propias cifras oficiales. La elocuencia con la que hablan los datos es irrebatible. El gasto social en España representa apenas el 20% del PIB mientras el promedio de la UE se situa en el 27%, con el agravante de que el gasto social en nuestro país ha venido disminuyendo desde 1994, en el que representó el 24% de la riqueza nacional. El resultado ha sido el agravamiento del déficit y la polarización social, que se manifiesta en todas las dimensiones de nuestro todavía reducido estado del bienestar. La sanidad, la escuela pública, la calidad del empleo o los servicios sociales y de ayuda a la familia son algunos de los grandes dannificados de la política económica y social del PP. Simultáneamente, el Gobierno consiente la existencia de un escandaloso y creciente fraude fiscal -¡sólo 150.000 españoles declaran ingresos superiores a 10 millones de las antiguas pesetas!- o trasfiere, a través de injustas reformas tributarias, ingentes recursos a una minoría privilegiada de la sociedad española. No mucho mejor es la salud de nuestra democracia. Un Parlamento reducido a ente ornamental, una Administración carente de transparencia, un Poder Judicial gravemente condicionado por el Gobierno, una fiscalía al exclusivo servicio de éste, o unos medios de comunicación públicos manipulados hasta el paroxismo; son hechos que no nos avalan precisamente como un paradigma democrático. Parece, pues, necesario que Rajoy aclare si está dispuesto a continuar con el deterioro de los logros históricos que configuran hoy nuestro estilo de vida y representan una seña de identidad de las democracias europeas. Tampoco podrá evitar Rajoy una cumplida explicación sobre las decisiones -de las que él es corresponsable- que han conducido a España al alejamiento del núcleo central de la construción europea, dinamitando nuestra política exterior y causando graves perjuicios a nuestros intereses nacionales. Como no podrá obviar su parte de responsabilidad en la confrontación, sin horizontes, con los nacionalistas, que amenaza seriamente la convivencia y la estabilidad constitucional. Así las cosas, Rajoy no debería vender la piel del oso antes de cazarlo. Si la izquierda española es capaz de explicitar un proyecto político y programático posible y realizable, pero radicalmente diferente del actual discurso conservador, todavía puede movilizar los innegables deseos de cambio existentes en la sociedad y transformarlos en un proyecto creíble de gobierno. Por una ironía del destino, el aislamiento político del PP, del que tan orgulloso parece sentirse Aznar, podría hacer el resto. La vida te da sorpresas.