A Costa da Morte, el Allariz del PP

| ANXO LUGILDE |

OPINIÓN

29 dic 2003 . Actualizado a las 06:00 h.

A FINALES de los 90, mientras se extendía por Galicia la imagen del milagro de Allariz, el PP buscaba un antídoto, un municipio desde el que transmitir la idea de que las huestes de Fraga también pueden maravillar con su gestión y, sobre todo, son capaces de impulsar el desarrollo del mundo rural. Los tiempos de la Lalín cuíñista estaban ya declinando. Por eso los populares necesitaban otros referentes que no acababan de encontrar. El lugar totémico del PP, su bastión simbólico, no lo encontró ningún conselleiro o asesor aúlico. Lo eligió Apostolos Mangouras cuando el fuel del Prestige inundó A Costa da Morte. Un año después, sorprendemente, se ha convertido en ese lugar mágico para el Partido Popular de la era Rajoy. El heredero de Aznar ya celebró hace meses su designación haciendo de Kennedy, al proclamar que él también es de Muxía, una versión galaica de aquel «yo también soy berlinés». Ahora acaba de saltar el charco de la playa como un gesto de lanzamiento electoral. Al mismo tiempo y con sumo cuidado, cada vez toma cada vez más distancia de la gestión del accidente, la fase en la que él no participó, y presume de su actuación como hombre que soluciona problemas. Tiene mérito que el PP lograse crecer y consolidarse en A Costa da Morte tras la marea negra. La operación muestra cómo sus redes clientelares no sólo sirven para atender las demandas de un amplio sector de la ciudadanía, sino que también funcionan como sensores de las acciones que deben poner en marcha los populares para perpetuar su casi eterno poder en Galicia. Este éxito del PP, que tanto irrita en otras zona de España, refleja, una vez más, los beneficiosos efectos electorales que obtiene a corto plazo el partido del poder, gracias a políticas centradas en la subvención y aplicadas en zonas deprimidas, huérfanas de iniciativa.