ASISTÍ el pasado martes a la copa de Navidad en La Moncloa. Era la última de la presidencia de Aznar y había una cierta curiosidad entre los invitados. Los grupos se formaban espontáneamente y cada cual iba a su gusto, de uno en otro, poniendo la oreja, haciendo comentarios o simplemente transmitiendo sus mejores deseos. En uno de esos momentos, cuando yo despotricaba con Pedro Ruiz (el de las entrevistas en La 2 ) contra la decadencia de todas las programaciones televisivas, el presidente del Gobierno y su esposa entraron en la gran sala del edificio del Consejo de Ministros. Pedro Ruiz insistía en que el problema se arreglaba con que cinco o seis personas, entre ellas un miembro del Opus Dei con mando en plaza televisiva, se pusieran de acuerdo. Yo, más escéptico, sostenía que la situación no tiene fácil remedio porque la sociedad se regodea con la telebasura y recompensa a sus programadores con altas cuotas de audiencia. El presidente del Gobierno, que avanzaba dirigiéndose a los invitados, llegó hasta donde estábamos y nos saludó cordialmente. Le dije que lo encontraba más relajado desde que había dejado las responsabilidades electorales en manos de Rajoy. Aznar reconoció que, en efecto, se sentía más relajado, aunque en realidad -subrayó- nunca había dejado de estarlo. Añadió que venía de la reunión del Patronato de la Fundación que preside y que éste fue uno de los pocos actos de estos días que no se desarrolló en clave de despedida. Pedro Ruiz ironizó que se iba con alguna cana más en el bigote. «Y en el alma», añadí yo, llevado por no sé qué mala inclinación poética. Aznar sonrió y dijo: «Algunas más que cuando llegué, pero no muchas». Apenas hubo más. El presidente, relajado, continuó saludando a los asistentes. Ninguna urgencia, ninguna acritud. Y viéndolo así, tan de sosegada despedida, me pregunté por qué sus últimas intervenciones públicas han sido tan ácidas y broncas con la oposición, por qué no le ha importado alimentar aquello de lo que más lo acusan: prepotencia, soberbia, etcétera. ¿Por qué? No lo sé. Pero sospeché que quizá simplemente está siendo fiel a la imagen de político con determinación y sin complejos que siempre quiso tener entre los suyos. Sin concesiones a los demás. Algo que tal vez no tiene mucho sentido ahora.