HACE UNOS DÍAS, una cámara de televisión buscaba opiniones populares por la calle. Tema, la lotería de Navidad. Si algún ministro ha visto la encuesta, pudo sentirse satisfecho: la gente se expresaba con la libertad que requería la ocasión. Hubo quien hacía hermosos castillos en el aire, y quien pensaba que la lotería sigue siendo el hermoso juego que siempre toca a otros. Hasta que llegó el realista de siempre, posiblemente nacionalista o de izquierdas, un señor bien trajeado que hizo la siguiente reflexión: la lotería ya no es lo que era; hace años a él le tocó el Gordo, y con su importe se compró un chalet. Hoy no podría hacerlo. Peor todavía: ni siquiera podría comprar un apartamento. Confieso que esa declaración me dejó preocupado. Yo acababa de hacer mi acopio de décimos. Entre los compartidos con la familia, los comprados para no ser menos que mis compañeros, los que me colocó el lotero del restaurante y los que compré a hurtadillas de familia y compañeros por si acaso, me he gastado una fortuna. Todos los números eran distintos, lo cual me garantiza una mañana de martes muy entretenida, buscando el milagro de la pedrea en las páginas del periódico. Sin embargo, por mucho que me sonriese la suerte, no podría comprarme un apartamento en Madrid. Del chalet, como en el chiste aquel, ni hablamos. ¿Para qué habré visto a ese señor en la tele? Me ha matado la ilusión para unos cuantos años. Si yo juego a la Lotería, no digo que me pueda comprar un chalet, pero al menos aspiro a que me saque de pobre. Con esa aspiración, renovada cada año, he vivido el último medio siglo. Y ahora compruebo que sólo puedo hacerlo gastándome una millonada. Ahí es donde se palpa el nivel auténtico del precio de la vivienda. No es que haya que empeñarse por treinta años. Es que un décimo del Gordo no da para un apartamento. Escribo esto para consuelo de todos los que, como yo, habéis visto pasar de largo la suerte. Pasó el gran día y, salvo para los felices ciudadanos de Rianxo y algún otro lugar, la realidad seguirá siendo la misma. Las encuestas seguirán diciendo que más de la mitad de los españoles tienen dificultades para llegar a fin de mes. Hoy mismo nos recordarán que estamos gastando demasiado esta Navidad. Sólo tenemos un consuelo final: el Estado, nuestro Estado, el que paga las pensiones, ha ganado en este sorteo seiscientos millones de euros, que debe ser algo así como cien mil millones de pesetas. Lo cual, traducido al castellano, significa que lo que hicimos de verdad todos los jugadores no agraciados ha sido pagar un impuesto. Y lo hemos pagado voluntariamente. Es el único impuesto que hemos pagado con gusto. Y lo seguiremos pagando.