A UÑA DE CABALLO huye Gadafi de su pasado, que llegaba hasta ayer mismo. Renuncia y se denuncia a sí mismo, culpándose de estar hasta el cuello en programas armamentísticos de mayor cuantía. Ingenios nucleares, armas químicas y armas biológicas, el entero arsenal de Apocalipsis , los tenía ya al alcance de la mano. ¿Para qué quería los ingresos amazónicos de dólares en su vastísimo país de cuatro gatos? Encerrado a solas en su onanismo de megalómano sin destino, Gadafi se adentró en el gasto sin tasa. Si hubo un tiempo que se podía ver, al llegar por avión a Trípoli, un mar de transportes militares abandonados al sol, herrumbrosos, chatarra pura, importados y nunca usados, también se ha detectado, en ocasión más reciente, el faraónico dispendio de vaciar yacimientos de agua fósil en medio del Sáhara para regar cultivos de primor en la costa de Tripolitania. Todo gasto ha sido poco para el coronel. De su mano munificiente se financió mucho terrorismo, con atentados como los aéreos de Lockerbie y Níger, contra aviones de la Pan Am y la compañía francesa UTA, con un balance global de 440 muertos. A la vista de lo que está cayendo en Irak, y antes en Afganistán, Gadafi pacta con británicos y norteamericanos la liquidación de sus aventuras armamentísticas. Antes había dimitido de su nacionalismo panarabista, consagrándose a la causa del africanismo, tocado por la gracia política de Mandela. Con la percepción correcta de que lo del «eje del mal» se lo toma Bush muy en serio, el coronel se apea, dimite y se acusa de su pasado: buscando quien le escriba, lo salve y lo saque del lazareto internacional donde se encuentra. Como la guerrilla sabotea y el petróleo de Irak fluye poco, no sería de extrañar que Gadafi haya ofrecido buenas condiciones para el petróleo de Libia: más próximo y seguro, y de calidad tan buena como el de Mesopotamia y Arabia.