EL MINISTRO de Ciencia y Tecnología, Juan Costa, anuncio el pasado octubre la aprobación, antes de que acabe el año, del Plan Técnico de Televisión Digital Local, un sistema con 1.000 emisoras de televisión en 250 demarcaciones de más de 25.000 habitantes. Según Costa, la clave del triunfo de este ambicioso plan, que servirá también para limpiar el espectro de todo aquello que no debe estar, radica en que los concesionarios de las emisoras sean capaces de ofrecer unos contenidos singulares y distintos de los de la televisión analógica. Además, el titular de esta cartera viajera (tres titulares en ocho años) se ha comprometido a impulsar la televisión digital terrestre de cobertura nacional para que salga del limbo en el que se encuentra, después de que Anna Birulés la inaugurara a bombo y platillo. No parece, sin embargo, que Costa pueda cumplir sus previsiones, a la vista de las fechas en las que estamos y de los suspiros que quedan de esta legislatura. Para relanzarla es necesario, por un lado, que el ministerio distribuya a los operadores de televisión de cobertura nacional las capacidades o frecuencias actualmente existentes que dejó libre el fracasado proyecto de Quiero TV, de modo que su implicación en el desarrollo del nuevo mercado se haga conociendo exactamente la estructura que aquél ha de tener en el futuro. Y por otro, la distribución equitativa de los costes económicos que la operación de lanzamiento de este nuevo sistema comporta, de tal manera que participen en su sostenimiento las diferentes empresas y sectores implicados en el desarrollo de la nueva tecnología. En este sentido, deberán asumir su parte los operadores de red, los fabricantes de aparatos, los instaladores, los productores independientes de contenidos, las entidades de gestión colectiva de derechos de autor, y la Administración. Sólo con este esfuerzo colectivo y distribuyendo las cargas equitativamente se podrá impulsar la televisión digital terrestre, sin duda la televisión del futuro y de la era del hogar digital y de la sociedad de la información, que después de tanto fracaso y tanto gasto inútil bien merece el esfuerzo de todos, en concordancia con la Ley General de Televisión, otra necesidad imperiosa que a buen seguro llegará en los primeros compases de la nueva legislatura.