Simiente de nacionalismos

| XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS |

OPINIÓN

LA CIUDADELA de Barcelona, en cuyo centro se alza el Parlamento de Cataluña, fue construída por el rey Felipe V como símbolo y garantía del poder central. Después de abolir los fueros de Aragón y Cataluña, y de sitiar y bombardear la ciudad, el primero de los Borbones dictó los Decretos de Nueva Planta, que, confundiendo la realidad con el deseo, convirtieron a España en una única nación, sin reconociemiento de sus lenguas ni sus culturas, y con absoluta ignorancia de todas las diferencias legales e institucionales que los Reyes Católicos y los Austrias habían respetado. El resultado fue que, lejos de aproximarse a una España que jamás habían cuestionado, los catalanes se sintieron agredidos en su propia casa y por sus propios compatriotas, y empezaron a desarrollar un sentimiento de diferenciación que, al contrario de lo que había sucedido hasta entonces, creció a costa de la identidad española. Así se explica la satisfacción que sintieron los autonomistas republicanos cuando lograron convertir la Ciudadela de Felipe V en el centro neurálgico de la vida institucional de Cataluña, y en la sede física de una voluntad popular que siempre resurge con fuerza sobre el óxido de las armas que pretenden derrotarla. Dicen que fue San Ignacio de Antioquía el que, a punto de ser devorado por los leones, se enfrentó al emperador Diocleciano para recordarle que, cuanto más roja quedase la arena del circo, más pronto se derrumbaría el Imperio de Roma. Y algo así debió pensar Companys cuando las fuerzas franquistas lo pasaron por las armas en el foso de la Ciudadela: que la sangre que se vierte por la tierra es la fértil simiente de los nuevos patriotas. La concordia y la unidad nunca vienen de las armas ni del discurso único. Los pueblos están compuestos por personas, y, cuando las personas no hablan, se enfrentan y se matan. Por eso siento un inmenso bochorno al ver la aportación que está haciendo Galicia, la Galicia oficial que nosotros votamos, al debate constitucional. Gracias a nosotros -y que nadie se escurra- se habla de nuevo de una España unida por las armas y por la nefasta redacción del artículo 8 de la Constitución. Y, gracias a la distancia sideral que nos separa de la España más moderna, se vuelve a ignorar la lección de la Historia, como si una Constitución pudiese sobrevivir a la desafección de sus ciudadanos. Pero esta vez no estamos en tiempos dramáticos. Y por eso me permito reformar, a mi manera, el verso de Machado: «Españolito que vienes al mundo, en la verde Galicia, te guarde Dios. Una de los dos Españas, que sigue ahí, te llenará de bochorno». La otra, llena de debates y propuestas, sigue siendo maravillosa.