ASÍ LE LLAMAN los americanos del norte a Papá Noel. Tutean a Santa Claus, que al fin y al cabo es uno de los iconos genuinos que exportó el imperio. Pero en España, Papá Noel es un impostor que quiere -y va camino de conseguirlo- quitar el puesto, mandar al paro, a los tres reyes magos que llevan dos mil años trayendo ilusión y juguetes a los niños de esta parte del mundo. Santa Claus es un usurpador de funciones básicas. Sustituyó los camellos por renos comandados por un tal Rudolph, y el oro, el incienso y la mirra los cambió por un anuncio de Coca Cola que esponsoriza el trineo. Fue a finales del siglo XIX cuando debutó con éxito en un cuento neoyorquino de Washington Irving, y no tuvo cara hasta que un dibujante de la revista Harpers le mudó la mitra de obispo por un gorro rojo, y a partir de ahí al star system , al universo de Hollywood. Aquel viejo y santo obispo de Licia, en Turquía, que cada año viajaba desde España un cinco de diciembre para desembarcar en Holanda con un cargamento de naranjas redondas como soles, aquel San Nicolás, es hoy Santa Claus, el Papá Noel que desciende todas las nochebuenas por las chimeneas de nuestra imaginación para dejar al pie de un abeto, junto a las zapatillas usadas, los regalos que sorprenden a chicos y a grandes. Hubo un tiempo en el que San Nicolás fue un santo milagrero y milagroso. Su biografía no la escribió la CIA ni la inventó el servicio secreto, sino Metodio, obispo de Constantinopla. En el mundo cristiano oriental se le conoce como San Nicolás de Mira, y para occidente es San Nicolás de Bari. Pero desde los años cincuenta fijó su residencia virtual en el Polo Norte, en la aldea filandesa de Rovaniemi, apadrinado por Eleanor, la mujer del presidente Roosvelt que convirtió la residencia de Santa en un lugar de peregrinación laica e invernal. Pero como ya está bien de erudición de urgencia meramente oportunista y coyuntural, debo escribir esta crónica para desenmascarar al impostor que nos obliga a duplicar, cuando menos, nuestra inversión navideña en regalos. Aparentemente es un tipo simpático, y más para los que como yo militamos en la defensa de los gordos, pero al estar al servicio de todas las tarjetas de crédito conocidas, se rebaja notablemente su cotización afectiva. Dentro de pocos días volverá a visitar en su cita anual a los trescientos ochenta millones de niños que conforman su parroquia. Después se irá como ha venido, galopando al cielo con su trineo guiado por seis renos, con banda sonora de Bing Crosby y sinfonía de Toys R Us . Pasará diez meses en el olvido hasta que de nuevo occidente decrete que ya es navidad en los calendarios del consumo. Nunca podrá con el comando mágico de Melchor, que sigue permanentemente a una estrella y que desde el origen del mundo viaja hacia ese belén que anida en nuestro corazón y en nuestra memoria. El rey Melchor es el abuelo de Santa Claus, Gaspar enseñó a Noel a navegar por el cielo y Baltasar le mostró el secreto de la solidaridad. Santa Claus se llama en América del Sur Viejito Pascuero y lo reciben con ron y cumbia, con merengue y ballenato, con sierra y Caribe. Poco falta para la llegada de Noel, para el periplo navideño de Santa Claus, que este año hará una parada en Bagdad, para fotografiarse con los marines que celebran la nochebuena vestidos de camuflaje, la foto del día, la foto de Santa Claus, de San Nicolás, de Nikolaus, o sea, Papa Noel, al que sin escribir la carta le volvemos a pedir que sea generoso, una vez más, con nosotros. Como siempre. Como siempre, feliz Navidad.