¿Nacionalista y de izquierdas?

SANTIAGO LAGO PEÑAS

OPINIÓN

19 dic 2003 . Actualizado a las 06:00 h.

NO ES FÁCIL encajar el ser de izquierdas, declararse nacionalista y vivir en una región rica. Ahí tenemos a Carod Rovira. Un político escorado hacia babor que reivindica el repliegue de la solidaridad de Cataluña con el resto de España, para que sus conciudadanos puedan vivir mejor. Un líder al que parece no importarle minar un sólido espacio político de redistribución como es España para poder ser más justo dentro de las fronteras catalanas. Sabemos la importancia que tiene el sentimiento de pertenencia a una misma comunidad política a la hora de aceptar el trasvase de dinero de unos a otros a través de impuestos y gasto público. Por eso, los gallegos reciben todos los años muchísimo más del resto de España que de la Unión Europea. Y, por eso, una izquierda comprometida con la justicia social -sea definida a lo Rawls, a lo Pettit o a lo Roemer- no puede dedicarse a destruir espacios políticos amplios para sustituirlos por otros más estrechos. Al contrario, el objetivo debe ser, por un lado, fortalecer espacios más amplios como la Unión Europea y la ONU. Y, por otro, conseguir que logros y actitudes positivas como la autonomía política y el autogobierno de las Comunidades Autónomas, la defensa y promoción de la cultura propia, no acaben generando menos solidaridad; o sea: menos España. Justo como se ha venido haciendo en los últimos veinticinco años. Salvo en el caso del País Vasco y Navarra, comunidades tocadas por un beneficioso y a la postre poco solidario sistema de financiación. En resumen, los nacionalistas de izquierdas y de regiones ricas tienen el corazón dividido entre la pela y sus valores. Y en Cataluña parece que gana la pela. Los nacionalistas gallegos lo tienen más fácil, al menos hasta que en el Finisterre español nos hagamos ricos. Apoyar a España implica, a un tiempo, reivindicar su condición de izquierdas y los intereses económicos de Galicia. Aceptado lo anterior, hay que asumir también la parte que nos toca a los gallegos. Por supuesto que se han hecho cosas: ¡lo difícil hubiese sido gastar todo ese dinero sin que se notase! La pregunta es otra: ¿hemos utilizado eficientemente los cuantiosos fondos recibidos a lo largo de las dos últimas décadas, para alimentar la convergencia económica y social de Galicia con España? Porque, claro, no se puede estar exigiendo que los catalanes sigan poniendo de su dinero para que otros acaben financiando sus «merendiñas».