CARLOS G. REIGOSA | O |
19 dic 2003 . Actualizado a las 06:00 h.INSISTEN nuestros filósofos en que lo esencial y preferente es la conquista de la felicidad. Todo lo que no esté orientado a ella, en un sentido privado y público, no es algo principal o, peor aún, es un error. La Constitución de EE.?UU. reconoce el derecho del individuo a luchar por su felicidad, aunque luego ponga menos énfasis en sus derechos sociales. Los pensadores del siglo XVII reformularon el andamiaje necesario para alcanzarla. Y los exacerbados chicos de la Revolución Francesa se atiborraron de sangre para tomar un poder que suponían capaz de generarla. Pensaba en esto mientras observaba una muchedumbre cargada de bolsas que entraba y salía sin parar de un gran centro comercial. Recordé entonces a un sociólogo escéptico que nos enseñaba, cuando yo estudiaba Políticas, que el ser humano estaba pasando de «portador de valores eternos a simple portador de paquetes». José Luis López Aranguren nos lo aclaró con sencillez: «Buscamos la felicidad en los bienes externos, en las riquezas; el consumismo es la forma actual del summum bonum. Pero el consumidor nunca está satisfecho, es insaciable y, por tanto, no feliz. La felicidad consiste en el desprendimiento». ¿Habrá alguien que lo escuche estos días?