Erratas

JUAN J. MORALEJO

OPINIÓN

EN ESTOS días me invade tal sensación de euforia que la familia tiene que atarme a la silla en el comedor, pues, dejado a mi aire, me subiría a la mesa y, como los gatos de Don Melitón, ejecutaría un pas à trois sobre los platos. Nota.- No tengo tiempo para explicaciones sobre Don Melitón y sus gatos. Me remito a cualquier buscador en la red, si es que puede haber alguien que no esté al loro. ¿Y de dónde tal euforia? Pues, miren ustedes, llevo una temporada larga en el estado de felicidad más perfecta del ser humano, dos meses corrigiendo erratas, que si un punto, que si una coma, que te pongo la hache o que te quito una be... Errata, palabreja de singular imposible -una sola errata- y de necesidad colectiva, siempre erratas, pluralidad con tendencia a infinito y da igual que te pongas al lado el Miranda Podadera porque siempre caerás en aquellas trampillas de «¡Ay, ahí hay una bacía vacía!», o es peor que actives el corrector informático, que los carga el diablo, como enseguida veremos. Cuando entré al trapo informático y tecleaba sobre dialectos griegos, al llegar al dialecto lesbio el corrector me paraba las manos y me sugería un dialecto lesbiano, condición que en mi lengua a un dialecto le resulta de muy difícil ejercicio porque, como es bien sabido, los dialectos tienen género, pero no tienen sexo. Más aún, en griego antiguo dialecto es de género femenino, pero sigue sin tener sexo para ponerse en el ejercicio de lo que el machismo dominante censuró en Safo de Lesbos, décima Musa y ¡chapeau! de sensibilidad. Ahora el corrector me vuelve a las andadas y no lo doy convencido de que San Martín Pinario no tiene por qué ser Binario, uno de los adjetivos claves en las tripas y los chips del aparataje al que estamos sometidos. Pero hay erratas que no las pone el programa, sino el que teclea en Babia o a su aire. Ya en los escritorios antiguos medievales se tenía por mejor copista al que se esforzaba en copiar lo que tenía delante, aunque no lo entendiera, y se dejaba de arreglos y, peor todavía, de apaños. Por ejemplo, se nos pone severo el obispo y fulmina «sea anatema...» y el de la tecla, que no entiende de paulinas y anatemas, se me sale con un «sea anatomía...», tal como si el sermón hablase de Jennifer López. O tiene el obispo un día amable con sus «dilectísimos hermanos» y el corrector me da unos «directísimos hermanos» que vienen a ser los hermanos de verdad, hijos del mismo padre y de la misma madre, y no esos hermanos segundos, terceros, lejanos ... que también tenemos. Y también tenemos la errata en la que el de la tecla nos dice cuál es su mundo, en qué está pensando para sacudirse el tedio del tecleo. Truena el obispo un «nos os embriaguéis» que acaba en un «no embraguéis» imposible en el siglo XII, al menos dónde y cómo quisiera el copista. Bueno, peor le fue en el XVII al rey que necesitaba cien alabardas y, por no revisar el pedido, recibió cien albardas, prenda asnal donde las haya. Quedó indefenso, pero abrigado.