Europa sin líderes

OPINIÓN

A EUROPA le faltan los grandes líderes de antaño, capaces de ser a la vez pragmáticos y soñadores, además de generosos. Es una realidad que quedó patente en la cumbre de Bruselas del pasado fin de semana, en la que ni los más optimistas creían que se fuese a aprobar la Constitución europea. Así, todos acertaron, porque en efecto no se aprobó. No se podía aprobar. No se daba casi ninguna de las condiciones necesarias para ello. La gran familia europea se sabe familia, pero no todos sus miembros simpatizan suficientemente. Y, para colmo, ninguno tiene un liderazgo incuestionable y sólo comparece en la mesa con la fuerza de su país. Cabía un acuerdo de última hora. Incluso pudo haberlo. Pero faltaron los líderes con la grandeza suficiente para lograrlo. El presidente francés, Jac-ques Chirac, y el canciller alemán, Gerhard Schröder, llegaron dispuestos a imponer «su» Constitución, que es la que redactó a su gusto el expresidente francés Giscard d'Estaing. Nada que no supiéramos con mucha antelación. El papel de Silvio Berlusconi ha alcanzado también la altura esperada: chistes fáciles y ninguna alternativa con posibilidades, que lo convirtieron, como presidente del Consejo Europeo, en el mayor responsable del desaguisado. El británico Tony Blair no cambió su disco: no hay prisa, Europa tiene que tomarse el tiempo necesario. Y luego estaban el primer ministro polaco, Leszek Miller, y el presidente del Gobierno español, José María Aznar, que sacaron a relucir, si no su habilidad, sí al menos su tenacidad ante lo que consideran una rebaja de estatus. Al final, un Chirac sin grandeza se ha dedicado a culpar a España y Polonia del fiasco y, junto con Schröder, a amenazar con una Europa de dos velocidades y con recortes en el presupuesto. (¿Cuánto tiempo habrá de pasar aún antes de que Alemania y Francia descubran que no están hablando de la misma UE?) Y tampoco Aznar debió comparecer tan aislado. Si hay un grupo de vanguardia, España debe estar en él. Chirac, como dicen los franceses, «cambia a menudo de idea fija». España debe revisar también su práctica europeísta y recuperar viejos amigos. Nunca están de más en estos casos.