LA REUNIFICACIÓN de Alemania en octubre de 1990 le ha abierto un colosal boquete económico. La digestión de la paupérrima RDA ha resultado pesada y el propio Schroeder confesó (eso sí, sólo una vez que hubo ganado las elecciones) que su país arrastraba un pufo elefantiástico. Alemania, que por sí sola supone el 30% del PIB de la UE, ha tenido que recortar su generosísimo estado del bienestar y además, ha empezado a cuestionarse su solidaridad con la Europa rezagada. Ahora que les toca ceñirse el cinturón, los teutones pueden preguntarse, por ejemplo, por qué tienen que pagar ellos los incontables paseos marítimos que hermosean la remota Galicia. Cuando uno recibe ayuda, lo inteligente es ser amable con tu filántropo. Lo que jamás se ha visto es que un pobre que avanza con muletas cedidas por el rico se erija en Pepito Grillo y le dé lecciones financieras a su benefactor. Pero esa, precisamente, ha sido la pose del último Aznar. ¿Resultado? Ayer los tres países que pintan algo en la UE (Alemania, Francia y el Reino Unido) y tres comparsas han firmado una carta en la que exigen a Prodi que recorte un cuarto del presupuesto europeo. Dado que Francia y su compadre Alemania han acordado no tocar los fondos agrícolas, el tijeretazo se hará a costa de los fondos estructurales, vitales, por ejemplo, para Galicia. Sólo 48 horas después de que nos pusiésemos farrucos contra la Constitución, Berlín se venga.