«¡Lo tenemos!»

OPINIÓN

PAUL BREMER, administrador civil estadounidense en Irak, no pudo concentrar en menos palabras su satisfacción ante los periodistas: «Señoras y señores, ¡lo tenemos!». Sadam Huseín, el escurridizo sátrapa, al que se le imputan millones de muertes, acababa de ser capturado vivo. La alegría de los aliados se ha hecho perceptible a lo largo de todo el domingo. Después de meses de minimizar el hecho de descubrir o no su paradero, veíamos el verdadero rostro de la verdad: la detención del tirano era una parte clave de la victoria, sobre todo desde la vertiente simbólica. Se habían abatido estatuas y carteles con su imagen, pero la realidad se empecinaba en no conceder el último aval: su arresto o su muerte. El dictador que soñaba con pasar a la posteridad como el Venerado seguía inspirando miedo a unos y animaba la resistencia de otros. Esto era lo cierto. Un fracaso en toda regla para EE.?UU., que el 1 de mayo había declarado con euforia el fin de la guerra. Diez meses después, ¿dónde se ocultaba el diabólico personaje? ¿Cómo se había convertido en invisible? ¿Dirigía la cada vez más coordinada resistencia iraquí o terrorismo o como se le quiera llamar? Por fin, ayer llegaban las imágenes más ansiadas por Bush y sus aliados. Un vídeo mostraba a un Sadam de barba poblada y aspecto desaliñado en el momento en que era sometido al reconocimiento médico. Era el retrato de la derrota. «El tirano que desafió a las Naciones Unidas ha caído», declaró el presidente Aznar, y con ello, añadió, ha desaparecido «el principal obstáculo» para la paz en Irak. ¿Es así? Ésta es la pregunta. Bush, asediado por una opinión pública cada vez más desfavorable, ha recibido un balón de oxígeno extraordinariamente oportuno. Consciente de ello, se autofelicitó en sus declaraciones. La captura mejora la situación y facilita la reconciliación en Irak. El presidente de EE.?UU. confía en el viejo refrán de que «muerto el perro se acabó la rabia». Pero ¿y si la rabia está ya muy extendida? Los próximos días serán cruciales para medir la relevancia política y militar de este éxito sin paliativos. La estabilidad y la seguridad serán los termómetros inequívocos.