LA ADMINISTRACIÓN Bush lo está dejando claro: le es más fácil entenderse con China que con Europa. Las neuronas del presidente de EE. UU. acaban extenuadas cada vez que le detallan las sutiles matizaciones franceses, la nueva cosmovisión alemana o la ambivalencia rusa, con Putin dispuesto a apoyarlo sólo mientras no dé síntomas de flaqueza. Todo demasiado latoso para el actual inquilino de la Casa Blanca, que, al preguntarse quién se ha portado mejor en los últimos tiempos, encuentra la respuesta en el Reino Unido, España, Polonia, Canadá, Australia, Japón y... ¡China! ¿Por qué China? Porque este gran país supo mirar para otro lado cuando EE.UU. apretaba a Sadam Huseín. Porque, a diferencia de Francia, no amenazó con ejercer su derecho de veto en el Consejo de Seguridad cuando podía hacerlo. Porque está intentando colaborar en la solución de la crisis nuclear creada por Corea del Norte. Porque ha elegido el mercado estadounidense para hacer unas importantes compras que podía haber satisfecho en otros lugares (un buen pedido de aviones Boeing, por ejemplo). Porque ha reducido su proteccionismo industrial y ha mejorado el acceso al mercado chino de la banca y de las empresas financieras extranjeras. En suma, porque China se va configurando como un socio pragmático que no enreda con pejiguerías. Por otra parte, la Administración Bush, convencida de que sus reformas económicas son las adecuadas para restaurar la confianza, ve a Europa como la comunidad que tiene pendiente el mayor desafío: lograr unos mercados más flexibles con recortes en el sistema de protección social. Asimismo, ve con problemas a Japón, que no acaba de consumar su reforma bancaria. ¿Quién no comparece con ninguno de estos inconvenientes a la hora de restaurar el crecimiento mundial? La China comunista, que está creciendo el 8% anual, que es ya la sexta potencia comercial (era la decimotercera hace sólo 16 años) y que ofrece un mercado de 1.500 millones de consumidores potenciales. Y no protesta por lo de Irak. ¿Qué más se le puede pedir?