SI CREYÉSEMOS en Europa, no tendríamos ningún problema en aceptar el nuevo sistema de decisiones previsto en el proyecto de Constitución elaborado por la Convención. Más aún, si fuésemos de verdad europeos, y creyésemos en que Europa necesita ser gobernada con criterios de eficiencia y agilidad, ni siquiera nos atreveríamos a hablar de reparto de poder para referirnos a lo que en puridad democrática no es más que un procedimiento de toma de decisiones. Pero Aznar no cree en la Unión Europea. Lo único que reconoce de Europa son sus ventajas contables, y toda la parafernalia que le permite jugar a estadista mundial desde un país que, siendo moderno y desarrollado, no supera la condición de mediano. Por eso trata las cuestiones de Europa con profunda desconfianza, como si todos le quisiesen engañar, y como si, en vez de depender de la prosperidad del conjunto y de una larga apuesta europeísta, nuestra riqueza y nuestro desarrollo hubiesen surgido, hace sólo ocho años, de la habilidad aldeana o la simple pillería. No se puede negar que el Tratado de Niza le concedía a España una posición de ventaja -no de justicia- que ahora se trata de corregir. Pero también es verdad que ya entonces, cuando se discutía el delicado asunto de la ampliación a 25, España empezó a dar muestras de profunda insolidaridad, condicionando la ampliación al mantenimiento de las viejas políticas de cohesión y tratando de jugar con dos barajas: una de pobres, que nos permite recibir euros a espuertas, y otra de ricos, que nos permite sacar pecho ante los recién incorporados. No deja de ser curioso que el mismo presidente que aquí nos pide visión de Estado, y que considera una traición que los vascos y catalanes jueguen a fondo sus cartas, se vaya a Europa a hacer de Pepito grillo , buscando su ventaja en una coyuntura que le permite varar el proceso Constitucional y meter a la UE en un gran marasmo. Y eso es una grave equivocación. Porque el proyecto europeo tiene largo recorrido, y no permite ganar la liga en un solo partido, y porque el sistema de decisiones propuesto por la Constitución es lo más equilibrado que puede haber dentro de un modelo de representaciones estatales. Claro que para ver las cosas así hay que creer en Europa y en sus inminentes transformaciones, y estar dispuestos a jugar, lealmente, en un marco político común. Pero Aznar prefiere que le teman a que le respeten. Porque lleva tiempo haciendo su historia personal en vez de hacer la de España, y porque quiere contarle a su nieto que un día le paró los pies a Chirac y Schröder, sus bestias negras, y a Blair y Berlusconi, sus hipotéticos amigos. Un capricho que pagaremos entre todos.