Un gallego desordenado puede justificarse ante sus jefes de dos maneras. Una es la religiosa, pues, como dice el genésis, la creación partió del caos. La otra, la laica, consiste en invocar el ejemplo de Vigo, la ciudad de las calles torcidas y la política de sainete, pero rebosante de iniciativa y talento. Salvo otra sorpresa, Corina Porro dispondrá de una oportunidad de oro para consolidarse, aun bajo la amenaza de la moción de censura que el BNG y muchos socialistas quisieran presentar dentro de un año, entre las generales y las autonómicas. La llave la tiene Mariño. En una ciudad hambrienta de liderazgo, el alcalde saliente posee un enorme capital político, acumulado a costa de romper con la legitimidad que le había dado el poder, la del pacto PSOE-BNG. También le ha ayudado esa extraña mezcla de abulia y arrogancia que caracteriza a Castrillo, el concejal que llevó al Bloque al abismo. El BNG podía tener motivos de sobra para plantarse ante el PSOE pero lo ha hecho de la peor forma posible.