Un tema que se desvela

| RAMÓN CHAO |

OPINIÓN

EN FRANCIA viven unos cinco millones de musulmanes, de los cuales sólo una ínfima minoría de mujeres adopta el velo, especialmente las adolescentes en las escuelas, aunque también se dieran casos en los hospitales y en la administración. Cuando yo era pequeño, a una de mis hermanas le parecía enorme sacrilegio asistir a misa con la cabeza descubierta, pero no quemarme, a instancias nefastas del párroco Adolfo Pato Bernárdez, La nariz de un notario de Edmundo About, La hija del Capitán de Pushkin y Aguas primaverales de Turgenief por malignos, ateos y perniciosos. Ambas cosas, el porte del velo y la quema de libros, eran residuos del credo misógino de san Pablo el primero, y de los autos de fe inquisitoriales el segundo, materializados en la actitud de mi inocente hermana, que era, en cierto modo, víctima y precursora. Al final de los años ochenta, una parte de la opinión se empezó a preocupar por esta costumbre vestimentaria, trivial en las religiones monoteístas. Y se produjeron las primeras expulsiones de los colegios y liceos, en medio de la confusión de directores de escuelas, juristas y autoridades ministeriales. El Consejo de Estado exhortó a conciliar los principios de la escuela laica, igualdad de sexos y derecho a la escolaridad. En cuanto a la igualdad de sexos, pienso que vale más no meneallo, pero ahora que me funciona bien la memoria quiero recordar que en mi Vilalba dejada de la mano de Dios, allá por mi niñez, hembritas y jovencitos íbamos juntos a la escuela de doña Sagrario sin que se produjesen mayores dislates que algunas «cochinadas», como decíamos a besarse las mejillas o descubrirse mutuamente las partes genitales. Cuando a mis diez años me mandaron al internado Apóstol Santiago de Madrid, de curas y exclusivamente masculino, nos separaron del sexo femenino tentador y nos juntaron al nuestro y al sacerdotal, con los inevitables sentimientos y toqueteos más o menos deseados, más o menos consentidos. Volviendo a nuestro tema, el Consejo de Estado francés no logró explicar cómo conseguir la cuadratura del círculo. En 1994 sentenció que debían proscribirse de las escuelas todos los signos ostensibles de pertenencia religiosa. Pero ¿cómo definir la calidad de ostensible? ¿Ha de aplicarse igualmente a medallitas y crucifijos? ¿Y qué decir de la kipa judía? De estas dificultades, algunos quisieron colegir que se trataba de una restricción deliberadamente aplicada a una sola religión: ¿sólo se va a prohibir el velo musulmán? Otros arguyen que la negativa a sacarse el velo impide los cursos de gimnasia, las clases de natación, y que la escuela laica no puede prever variantes derivadas de confesiones particulares. Las dificultades aumentaron con el caso de Lila y Alma Levy, de dieciocho y dieciséis años, expulsadas de una escuela parisina por negarse a descubrir la cabeza para sacarse la foto de identidad. Está prohibido por la ley, salvo en el caso de una monjita católica, a quien, gracias a la influencia de la esposa de Jacques Chirac, le hicieron el carné pasándose las leyes por las horcajaduras. Algunos analistas denunciaron el fanatismo de los padres que imponen a sus hijas costumbres de sumisión, pero no es así en el caso de Alma y Lila Levy. Su padre es judío ateo, y su madre beréber no practicante. Las niñas aseguran que optaron por el velo por coquetería, gusto personal, como otras se inclinan por las minifaldas o escuetos trajes de baño, y la verdad es que más provocador resulta sugerir que mostrar. Estos temas darán mucho de sí -¡quién se lo dijera a mi hermana!-, y compréndanme si en alguna próxima cita me sigue desvelando.