CUANDO Aznar lea el título de este artículo, me dirá que nuestra economía está creciendo a un ritmo anual del 2,3%, muy por encima de lo que sucede en Francia, Alemania, Italia y el Reino Unido. E incluso puede recordarme que el año que viene creceremos más aun, con previsiones de la OCDE que nos sitúan un punto por encima del esperado arranque alemán. Pero ahí habrá terminado su discurso del «España va bien», porque todas las demás cosas empiezan a precipitarse en una barranca que sólo nos hace pedir su rápido desalojo de la Moncloa y una urgente rectificación a cargo de su previsible sucesor. La guerra de Irak nos va mal. Y por mucho que nos empeñemos en resucitar rancios patriotismos, y cerrar filas en torno a los muertos, no podemos dejar de preguntarnos por qué hemos ido con Bush a una lejana aventura militarista, de corte puramente económico y de factura ilegal, en vez de alinearnos con la vieja y cercana Europa en su intento de construcción de una política internacional hecha con la ley en la mano y bajo la legítima autoridad de la ONU. También en Europa nos vuelven a mirar de reojo, como nos miraban en tiempos de Franco. En sólo cinco años hemos dilapidado un enorme capital de prestigio acumulado en la construcción de la Unión Europea y en el impulso de las políticas comunes, y todo a cambio de una estrategia de pavoneo y de falsa fortaleza que suena a puro ridículo. España es el país que obtuvo más beneficios en el proceso de unión. Y por eso es un error enseñarle la bola a los que nos dieron las vitaminas, como si ya nos hubiésemos emancipado, y como si no fuésemos a necesitar nada más. El problema vasco va de pena, y hasta el PSOE se siente incapaz de seguir apoyando al Gobierno en su alocada carrera hacia el esperpento jurídico. Claro que a Rodríguez Zapatero se le puede recordar que «a buenas horas mangas verdes», y que, si ahora tiene razón, lleva más de un año haciendo de comparsa del gran teatro de la derecha. Pero más vale tarde que nunca, después de que las elecciones catalanas hayan demostrado que íbamos despendolados por el camino de ningures. La riqueza que creamos no se reparte bien. Las políticas sociales están en franco retroceso. La seguridad ciudadana está bajo mínimos. El problema de la inmigración es un drama sin solución en medio de una legislación cambiante y sin futuro. La violencia doméstica y de género crece como la espuma, y la Constitución cumple 25 años en medio de una ola de instrumentalización partidaria que hace que muchos españoles se desentiendan de lo que tanto amaron. Por eso hay que decir que España no va bien, aunque sigamos creciendo al 2,3%. Porque no sólo de pan vive el hombre.