CADA DÍA es más frecuente escuchar a gente que habla de política usando términos cuyo significado no conoce. Y hasta es posible que, si usted mismo se lo piensa, también esté utilizando diariamente algunos conceptos como fundamentalismo, fascismo, xenofobia, etnicismo, sionismo, integrismo, postmodernidad o globalización, que en modo alguno sería capaz de definir, y que le pondrían en un severo aprieto si, estando en un debate público, le pidiesen que explicase con exactitud el alcance de sus palabras. Entre esos términos desconocidos podemos contar el inmovilismo, que muchos ciudadanos conectan con la simple idea de que nunca pasa nada. Por eso concluyen que las sociedades inmovilistas ya no existen, y que, incluso en una sociedad tan pacata como la nuestra, suceden cosas tan importantes como que Paco Vázquez alabe los pactos con el BNG, que Pérez Mariño presente una moción de confianza y deje esos mismos pactos hechos unos zorros, o que Beiras se haya ido de la escena política, aunque no del todo, para dejarle el sitio a Quintana, aunque sólo en parte. Pero el inmovilismo no tiene nada que ver con eso. Un país no es más inmovilista cuando más se reducen sus páginas de sucesos, sino cuando los hechos no producen consecuencias, o cuando la hojarasca que cubre la vida social y política dispersa las corrientes de cambio. Lo malo de las situaciones inmovilistas no es que no pase nada, porque eso se arreglaría haciendo cualquier cosa, sino que, por más que se haga, y pase lo que pase, todas las relaciones económicas y de poder permanecen inmutables. Para Galicia es igual que Vázquez presida la FEMP o que no la presida, que Fraga se retire -como dice- o se quede -como hace-, que Cuíña vuelva a la política o se dedique al aluminio, que Quintana afiance su liderazgo o que nunca pase de ser el ex alcalde de Allariz, que la cuestión de confianza sirva para restaurar el pacto PSOE-BNG o que Pérez Castrillo y Pérez Mariño se enfrenten hoy, como dos vaqueros, en el saloon del Oeste, que Maragall presida la Generalitat o que lo haga Mas, que Bush se retire de Irak, o que el año que viene se coma el pavo de Acción de Gracias a las afueras de Damasco. Porque, pase lo que pase, la política de Galicia seguirá reducida a una permanente elucubración sobre si el sucesor de Fraga va a ser Xesús Palmou o Ana Pastor, y sobre si la programación del Xacobeo va a seguir monopolizada por Juan Pardo o vamos a dejar algunas corcheas para Bisbal. Y contra eso no hay nada que hacer. Siguiendo mi propia lógica, también sería igual que yo escribiese este artículo o dejase de hacerlo. Porque vivimos en el inmovilismo, y ningún hecho produce consecuencias.