Navidad

ASSUMPTA ROURA

OPINIÓN

HAN DICHO en las noticias que nosotros los españoles nos gastaremos algo más de seiscientos euros por cabeza estas navidades. Como manda el ritual, la máquina del consumo navideño lleva ya semanas engrasando motores para ponerse en marcha en pocos días. Por su parte, las asociaciones de consumidores, que son algo así como el ángel de la guarda de nuestros impulsos consumistas, nos advierten que no malgastemos en vano tirando la visa por la ventana. La Navidad, se quiera o no se quiera, es la gran fiesta del consumo en donde tienen lugar todos los rituales de adoración a la tarjeta de crédito y a la de débito. Es la Gran Fiesta en este Occidente que le debe lo que es gracias al mercado. Resultará inevitable que unos cuantos moralistas vengan a recriminarnos nuestro afán de consumo con tanto pobre sin comer: una manera de querer sacarnos las vergüenzas y con ellas el rubor. Culpabilizar a una sociedad por entregarse unos días al año a disfrutar de lo que ella misma ha creado -en este caso el mercado- es una sandez, por muchas que sean las contradicciones sociales, siempre corregibles a fin de cuentas, que genere. Esta corriente culpabilizadora parece que va extendiéndose de tal modo que el Yo consumidor acaba sintiéndose el verdugo de aquellos que apenas pueden merodear por la Casa del Consumo ni en estos días ni ningún otro día. Para contrarrestar el desequilibrio y limpiar conciencias están los programas de televisión que venden solidaridad con un número determinado de cuenta corriente, al tiempo que se dan lustre a sí mismas y ganan con ello credibilidad y audiencia. No nos engañemos. El autoengaño es el peor de nuestros enemigos en una sociedad como la que tenemos en la que la mayoría se ha entregado a lo que Jonathan Franzen ha acertado en denominar lo Literal del Yo . Culpabilizar en estas fechas el consumo es doblemente perverso. Nadie, en su sano juicio, debe tirar piedras contra el tejado de lo que tanto le ha costado levantar, ni nadie ha de sufrir sentimiento de culpabilidad por hacer uso de lo que viene a ser su propia creación, aunque no sea otra cosa que una pequeña pieza que funciona en total complicidad con la gran cadena creadora de mercados, como es el caso. La justicia, si a ella hay que referirse, hay que trabajarla en otro lugar y durante el resto de año. En Navidad la demagogia debería tomarse vacaciones.