ES EVIDENTE que Mariano Rajoy no está incluido en el 85 por ciento de españoles que consideran que la guerra de Irak no ha valido la pena. Ese es uno de los datos que aporta el último barómetro del Real Instituto Elcano. Pero en una intervención pública sobre nuestra política exterior, ha mostrado el respeto y la comprensión hacia los miles de españoles que se manifestaron contra este conflicto bélico hace unos meses. De este hecho y de algunas otras observaciones suyas ya ha habido quienes han deducido que se distancia de José María Aznar. De hacerlo, tengo la convicción de que no lo hace a espaldas del presidente. Ha coincidido con él en lo esencial, entre otras cosas en valorar muy alto la relación con Estados Unidos, en la continuidad de nuestra presencia en Irak, en la lucha contra el terrorismo como objetivo número uno y en otros aspectos sustanciales. Bien es cierto que también ha hecho hincapié en el combate contra la pobreza como una de sus acciones prioritarias, que yo no recuerdo que el todavía inquilino de la Moncloa hubiera situado en lugar tan destacado. Más que una discrepancia quizá quepa ver una coincidencia en el objetivo de convertir a Mariano Rajoy no sólo en el candidato mejor posicionado -que a la vista de cómo está el PSOE, tal parece- sino también en el que mejor pueda responder a las expectativas del electorado. Frente a un Aznar que ha tenido innumerables aciertos de gestión, y casi tantos errores de procedimiento, probablemente han convenido los dos que es necesaria una imagen más próxima, más flexible... y menos adusta de la que tiene el hombre que ha gobernado España durante los últimos ocho años. El nuevo candidato no puede presentar grandes logros personales, pero sí aportar algo que se parezca al centrismo, que echa de menos el electorado. Un paso que Rajoy da probablemente en connivencia con Aznar y no de espaldas a él, que no le importará seguir jugando a político adusto, porque no concurre a elecciones. Al menos de inmediato.