LAS PERTURBACIONES vividas por Europa en el último año tenían que dejar un rastro inevitable. Las diferencias sobre la guerra de Irak, los conflictos en el seno de la OTAN y en el Consejo de Seguridad, la división entre la vieja y la nueva Europa, los retos de la ampliación y las discrepancias entre el Tratado de Niza y los acuerdos de la Convención en lo que al reparto del poder se refiere, era una agenda demasiado densa como para pensar que se podría tramitar sin grandes dificultades. Y la crisis latente se ha hecho explícita en torno al Pacto de Estabilidad y Crecimiento cuya vulneración formal se ha materializado por acuerdo del Ecofin, a instancias de Francia y Alemania. Los dos Estados centrales de la UE, sometidos a los peligros de una recesión técnica, se han opuesto a la aplicación de las sanciones previstas por Bruselas contra aquellos países que superen el 3% de déficit público en relación con el PIB. En realidad, el Pacto de Estabilidad estaba sometido a una revisión de facto durante los últimos años como consecuencia del desajuste creciente entre las necesidades económicas del eje franco-alemán y las previsiones de un corsé económico diseñado en un ciclo de crecimiento para imponer la ortodoxia financiera a los países del Club Med , es decir, a España, Portugal, Irlanda y Grecia. Precisamente Alemania, y su ministro de Finanzas Theo Waigel, tomaron en aquel momento todas las precauciones para defender la solidez del marco como condición para avanzar hacia la moneda única. También el Banco de Francia y el Gobierno francés presionaron para establecer las duras condiciones del Pacto de Estabilidad. Berlín y París no tenían excesiva confianza en las economías y en las cuentas públicas de los países que se integraban en Europa. Pero la evolución de la coyuntura económica desde 1996 ha roto las previsiones de los padres del Pacto. Un poco de keynesianismo no les viene mal ni a Francia ni a Alemania, y, como ha dicho el canciller alemán Gerhard Schröder, hay situaciones en las que se debe insistir más en el objetivo del crecimiento que en el de la estabilidad. Pero la verdadera preocupación de los líderes europeos, especialmente la de los responsables de los países pequeños, se refiere al nacimiento de un grupo de Estados -el eje franco-alemán- que avance, a través de la cooperación reforzada, y se convierta en la fuerza motriz de la UE. Ante los desacuerdos, las dificultades en torno a la Constitución y la ampliación con países influidos por las tesis de Washington, la reunión del Consejo Europeo de los días 12 y 13 de diciembre puede ser testigo del surgimiento de una Europa de dos velocidades, es decir, un núcleo duro o una federación europea dentro de la Unión. Esta es la cuestión.