MIENTRAS George W. Bush llegaba a Londres en la cresta de la ola -la ola de la polémica casi global sobre la cuestión de Irak-, su secretario de Estado arribaba a Bruselas para abordar, con los ministros de Exteriores de la UE, la agenda de cuestiones pendientes. Esta agenda no es la caja de los truenos, pero casi. Para el capítulo de Irak parece haberse recuperado casi del todo el consenso atlántico, toda vez que, por la fuerza de los hechos, la Casa Blanca cambió de caballo y optó por acelerar el proceso de transferencia del poder. Para el verano del 2004 la soberanía iraquí habrá vuelto a casa. La Resolución 1511 ha sido la dinamo -multilateral- para la transferencia y devolución del poder a los iraquíes. Parece el camino acertado. Lo prueba la intensificación de las acciones de la resistencia contra el Consejo de Gobierno, al que el de Seguridad de la ONU atribuye la mitad del poder político: la otra mitad es para Paul Bremer, entre virrey y procónsul de EE.?UU. A mayor acierto político, mayor resistencia armada del sadamismo, y aumento de las operaciones terroristas por parte de Al Qaida, en Irak y fuera de Irak, en Arabia y Turquía. Pero si impera el consenso atlántico sobre Irak, se ahonda en cambio el disenso atlántico sobre la política con Israel. A cuarto le han puesto las peras los ministros de Asuntos Exteriores de la UE a su homólogo israelí Silvan Shalom, por lo del muro, las demoliciones de viviendas, los asesinatos selectivos y los asentamientos ilegales. Disenso sobre Israel y disenso sobre Irán, que en la práctica es lo mismo. En Washington no se tragan el informe de Al Baradei sobre Irán, de la misma manera que no se tragaron el de Hans Blix sobre las armas de Irak. Volveríase a empezar de no esperar las urnas americanas. Amaga otro frente atlántico.