HACE un par de semanas formé parte de un jurado que decidía a qué artista se le otorgaba el Premio Nacional de Circo que anualmente concede el Ministerio de Cultura. Siempre resulta difícil eliminar a los candidatos y elegir sólo a uno, pero en esta ocasión la decisión fue tan rápida como unánime. El galardonado fue Suso Silva, un payaso gallego que ha sabido combinar sabiamente la poesía contemporánea con el oficio de clown , y hacer del silencio y la mímica un himno universal. Suso Silva es gallego y ejerce. Pertenece a una vieja saga que llenó de gloria el circo español, desde el momento en que un estudiante ourensano, universitario en Compostela, se enamoró de una bellísima écuyère que viajaba con un circo ambulante. Los Feijoo y los Silva son pilares básicos en la larga tradición circense española. Empresarios de primer nivel en el arte del entretenimiento, y profesionales siempre ligados a ese más difícil todavía que es el circo ecuestre e itinerante. Mi querido amigo el cura Silva o el abogado del circo, Pocholo, son respectivamente tío y padre de Suso, que comenzó su andadura después de formarse en escuelas de mimo e interpretación, con un espectáculo tan bello como la tarea que desempeña: Paxaros na testa. El circo y Galicia han mantenido desde el origen del viejo espectáculo, que los historiadores datan en el siglo XVIII, una cordial y muy intensa relación. Los gallegos somos cabalmente mágicos y nos dejamos sorprender por las habilidades clásicas. Fascinación colectiva ejerció en la primera mitad del pasado siglo el circo que acudía puntualmente a su cita con los pueblos de este viejo país. Las tourneés del norte eran las giras preferidas por los grandes circos franceses de las familias Prim o Beautor, y Galicia es una nostálgica referencia en la memoria de muchos viejos artistas con los que compartí largas horas de conversación y recuerdos. También la calle y los títeres, las maravillosas sesiones de circo primitivo cuando la plaza del pueblo estaba anochecida y no había más carpa que un cielo de primavera cuajado de estrellas, cuando el sonido roto de una trompeta quebraba la noche, acudía la luna a reirse con las parodias de los zaragatos. Familias que ya son leyenda, como los Santos, los Rampin o los Quirós viajaron durante muchas temporadas por la geografía de los pueblos gallegos llevando la risa y la alegría como equipaje de todas las fantasías. Ellos fueron mis héroes y me invitaron a soñar inoculándome el veneno del circo, para el que no existe antídoto. Después de la guerra civil, una orfandad de artistas dejó desolado el espectáculo. Proliferaron las entrañables barracas de feria con sus números menores. Daja Tarto se enterraba durante tres días y tres noches coincidiendo con las grandes ferias del país; aquel faquir conquense llegó a tener auténtica fama en las ciudades gallegas, como Li Chang, un chino de Badalona, o el profesor Turdy, que remedaba a un Charlot tísico y esmirriado. Grandes figuras de un género ínfimo que nadie reconoció como artistas. Ahora el circo, que pasó de las páginas de espectáculos a las de sucesos, del centro de las ciudades a los arrabales de la periferia, ya no tiene quien le escriba. Desaparecido Ramón, Marquerie, Gasch y mi recordado amigo Pepe Armero, se quedó el circo sin cronistas, pero pese a todo cada primavera brotan carteles multicolores en las grises paredes de los pueblos proclamando que el mayor espectáculo del mundo anuncia su visita para reinventar una nueva pirueta donde ubicar los recuerdos. Memoria de circo para felicitar a Suso Silva, un payaso gallego.