HA PASADO ya un año. La catástrofe del Prestige es un mal recuerdo que ha tenido una consecuencia positiva. La marea negra provocó otra marea de solidaridad. El negro chapapote trajo a las costas gallegas la blancura de los voluntarios de toda España. Muchas personas comprendieron inmediatamente que su ayuda era necesaria en alguna parte de la costa del Cantábrico. Siempre se ha comprobado que las desgracias unen más a las personas que las sufren: se provoca una especie de corriente solidaria, de reparto de la pena entre muchos, nadie quiere dejar solo a nadie. Son momentos en las que las personas encuentran un motivo para dejar sus preocupaciones personales a un lado y dedicar atención a lo que les pasa a los demás. En definitiva, aparece lo mejor de cada uno. Como consecuencia, el voluntario acaba su agotador trabajo con la satisfacción de haber aportado algo a la causa. No se ha quedado en casa lamentándose de las desgracias o de las catástrofes, se ha movido, ha sido protagonista, ha ayudado. A la corriente blanca de las negras costas se unieron también las grandes manifestaciones de protesta. Muchos ciudadanos gallegos se sintieron llamados a salir a la calle, a protestar, a clamar para que Galicia no vuelva a ser el rompeolas de toda la porquería que pasa por el Atlántico. Muchas organizaciones y grupos sociales encontraron una razón para su existencia, una razón para mostrar sus sentimientos. Todos tuvieron sus razones. Había una causa por la que luchar. Una causa que con el tiempo se ganó. Todo ha vuelto a una cierta tranquilidad. Ya no se necesita la solidaridad con aquella urgencia. Ya no está a la vista aquella desgracia que movilizó a niños, jóvenes y mayores. Sólo queda el recuerdo de momentos de tragedia vividos entre todos. Y nadie desea volver a tener una razones semejantes para manifestar su solidaridad. Pero esta situación de bonanza no deja de provocar una cierta nostalgia de aquel bullir de masas, de aquellos mensajes, de aquellas respuestas sociales, de aquellos protagonismos. En algunos ha quedado la frustración de no haber logrado los objetivos políticos que esperaban, de no haber seguido manteniendo el liderazgo social, de no encontrar muchos seguidores. Estos son los nostálgicos del ayer, los nostálgicos de tiempos mejores, los que sólo miran para atrás, los que se quejan sin aportar soluciones. Y las nostalgias no son buenas ni para las personas, ni para los países, ni para los partidos políticos, ni para los líderes que dejan de serlo. Da la impresión de que en Galicia es la hora de celebrar una gran manifestación festiva por haber alejado el meigallo del Prestige , por haber sacado una buena tajada económica de la desgracia, porque hemos superado una crisis, y en agradecimiento a los que nos han ayudado. Pero nada de nostalgias, nada de mirar atrás. El futuro siempre es más prometedor.