POR EXTRAÑO que parezca, a la vista de la cantidad de conocidos que le están saliendo, yo no conozco a Letizia Ortiz y ni siquiera he intercambiado dos palabras con ella si algún día coincidimos, que no recuerdo que ocurriera. Simplemente, la considero, valga la expresión, una de las nuestras. Una compañera hija y nieta de periodista, como es frecuente en este oficio (mi padre, periodista y desaparecido demasiado joven, hubiera presumido hoy de ser también abuelo de periodista); que estudió una carrera que alcanzó rango universitario hace poco más de un cuarto de siglo; que hizo sus primeras prácticas en un periódico de su tierra (yo, gaditano, las hice en el Diario de Cádiz ); que acudió no a una, sino a muchas convocatorias de empleo; que colaboró para un gran periódico nacional como corresponsal en el extrarradio de la ciudad; que soportó a buen seguro contratos-basura; que se casó y divorció como ocurre también con frecuencia en este oficio, uno de los que más rupturas de pareja genera; que ha acudido a un puñado de coberturas informativas como enviada especial; y que cuando ha alcanzado un nivel salarial nada excesivo, se ha comprado un piso con la inestimable ayuda hipotecaria de cualquier entidad bancaria. Y eso es lo que la convierte en una de las nuestras y también en noticia de enorme fuste por el hecho de, dadas todas estas circunstancias, ser la futura Reina de España. Los periodistas nos alegramos por ello, y por eso precisamente no veo la necesidad de las toneladas de almíbar destiladas en prensa, radio y televisión hacia una joven homologable a muchas otras periodistas de su generación que a estas horas trabajan en las redacciones a cambio de un discreto salario que en algunos casos es inferior a lo que tienen que pagar a quien se queda al cuidado de sus hijos mientras que ellas van creciendo en este maravilloso oficio. A todas ellas recuerdo con estas líneas, como a todas ellas se refería Montserrat Domínguez (directora del magnífico programa de Tele 5 La mirada Crítica ) cuando al recoger su premio del Club Internacional de Prensa se dirigió a Beatriz Martín, distinguida con el galardón Periodismo joven , y le dijo: «La mejor recompensa en esta profesión no es encontrar al príncipe azul, sino lograr el reconocimiento de tus compañeros». Con ocasión do recente xuízo polo que finalmente foron condenados, despois de que o xuíz dictase un auto que lles pareceu favorable, os directivos de Ence saíron coa súa histórica arrogancia a tratar de desacreditar a quen os denunciara. A falta de respecto ós cidadáns en xeral, a carencia de rigor científico e o descrédito das súas descualificacións quedaron en evidencia coa condena que lles impuxeron, pero aínda son moitas as mentiras das que sabemos tódolos pontevedreses e moitos tamén os demostrables incumprimentos da legalidade que cometeron e que non deberían quedar sen ser xulgados. Facer xustiza a un pobo que soportou durante corenta anos cousas que finalmente se probou que eran delicto significa non só procurar que a xustiza entenda desas outras moitas ilegalidades senón non deixar que transcorra tanto tempo como na última ocasión para dictar sentencias. Ramón Eixo Blanco . Marín. La boda del año ha suscitado voces, que amparándose en el estado civil de Letizia Ortiz, han desestimado su idoneidad para las funciones que en el futuro deberá asumir como Reina de España. Estas voces callan sin embargo ante una Iglesia católica que predica la igualdad ante los ojos de Dios de todos los seres humanos y practica el trato discriminatorio y desigual. Y es que, mientras que unos divorciados ni pueden comulgar, ni ver bautizados a sus hijos, etcétera, Letizia se va a casar en la mismísima catedral de la capital de España, contraviniendo los mandatos divinos que excluyen a los pecadores de los sacramentos y ensalzando a una pecadora a los ojos de la moral católica al más excelso altar del que cualquier católico no religioso puede aspirar. No han faltado tampoco quienes han ensalzado la figura de la futura princesa destacando el toque de modernidad que aporta a la Monarquía. Éstos también debieran cuestionarse hasta qué punto se instala una vanguardia social en una institución sexista y esencialmente contraria a la democracia, o si es una mujer del siglo XXI la que se reconvierte a la anacrónica institución, abandonando su trabajo para vivir de la figura de su majestuoso marido. Posiblemente ni quienes personifican en Letizia Ortiz un rosario inigualable de virtudes, ni quienes la rechazan por ser divorciada, estén cerca de la realidad que envuelve a esta mujer. De lo que no cabe duda es de que con la elección del Príncipe hay dos potenciales favorecidos: la Monarquía, ya que abre su caverna a la sociedad, y la propia sociedad. Será esta última la gran beneficiada si los jueces de la moral conservadora se muerden la lengua antes de soltarla para criticar actitudes que ahora forman parte de una de sus más representativas instituciones. Javier Piñeiro Fernández. Pontevedra.