Ventanas

ASSUMPTA ROURA

OPINIÓN

PUDIERA haber sucedido en Berlín, en París, en Dallas o en Valencia. Podría haber sido una noticia efímera leída en cualquier periódico, uno de esos sucesos que siempre ocurren en alguna otra parte, fuera del radio de acción donde cualquiera de nosotros espera que la austeridad de la rutina se repita con la precisión de un reloj suizo, asumiendo como propios los pequeños altercados de la vida con la sombra de la muerte, los avatares de la naturaleza como un vaivén del tiempo. Pero sucedió frente a mi casa, una calle estrecha, peatonal, a unos cincuenta metros de las populares Ramblas. Desde que murió su esposa, al señor Vicente se le notaba excesivamente empecinado en observar su tristeza. Le veíamos comprando apresuradamente el pan de buena mañana y algunas naranjas en el colmado. Poco más. Luego desaparecía escaleras arriba, subiendo a pie esos seis pisos que, a su edad, debieron de resultarle insoportables. Como siempre que el tiempo se lo permitía, el señor Vicente salió la otra tarde a la ventana sólo para ver pasar la gente, una de sus mayores aficiones, según contaba. Los vecinos solíamos saludarle desde abajo, por costumbre o por saber si estaba bien. También yo le saludé la otra tarde y cómo no me respondió pensé que no me habría visto. Una pequeña multitud de transeúntes basta para hacernos invisibles. Dos días más tarde una ambulancia y la policía interrumpían, a primera vista, la afición del anciano señor Vicente. Lo hacían a petición de la señora Rosa, la del colmado. Les costó arrancar aquellos brazos cruzados del lugar donde se apoyaban como si nuestro protagonista se empecinara en seguir viendo el mundo desde aquel sexto y último piso. De pie, inclinado el cuerpo sobre el ventanal y con la cabeza mirando hacia el asfalto había muerto el señor Vicente dos días antes, con sus noches, con algunos vecinos saludándole aún. Ahora la ventana está cerrada. Es probable que en breve derriben el inmueble viejo, en el que sólo quedan dos vecinos, y lo conviertan en apartamentos de lujo para turistas adinerados, con ascensor. Ningún otro señor Vicente volverá a subir esos seis pisos andando en la era de la alta tecnología. Los que vengan se encerrarán en ventanales blindados y los que quedemos no moriremos mientras alguien nos saluda desde la calle. Hace unos meses me propuse abrir mi propio negocio. Aconsejada por una asesora, decidí solicitar los microcréditos que concede el Igape. Lo que parecía un mero trámite resultó ser la mayor burla que he tenido que aguantar en toda mi vida. Este tipo de préstamos se solicitan ante ciertas entidades bancarias que han firmado el acuerdo con el Igape. El problema reside en que hay que dirigirse directamente al banco y nadie controla estas solicitudes. Sin mirar ningún tipo de documentación personal mía, he aquí las respuestas que me dieron: en el Banco Etcheverría, me contestaron que firmaban el acuerdo por publicidad; en Caja España, que ya habían terminado los fondos destinados al Igape (sin embargo no había ninguna solicitud presentada ante el Igape), etcétera. Y así, en todas las entidades que miré. Cada cual pone una disculpa distinta. Entonces, me pregunto yo, ¿para qué sirven realmente los microcréditos del Igape, si no los da ninguna entidad, a menos que tengas un enchufe o alguna referencia importante. V. E. Taibo. A Coruña. Evitar la contaminación del planeta es algo ya asumido por todos en aras de proteger la salud y, en definitiva, la vida. Los elementos básicos, el aire y las aguas, son los más universales, para los que no existen fronteras. Pero la salud mental también se ve afectada por otra contaminación, y ¿qué se hace para evitarlo?: ¡nada! El televisor preside, como el fuego de antaño, todos y cada uno de los hogares; no se puede prescindir de él, no vale la desconexión, ni llaves, claves de acceso u otros artilugios. Dicho esto, ¿qué sucede cuando se emiten masivamente programas basura por casi todas las televisiones?, ¿es ésta una forma de contaminación para nuestra salud mental?, ¿sus dañinos efectos serán a largo plazo?, ¿serán los primeros síntomas el incremento de la violencia doméstica, la agresividad creciente entre las personas, el ataque de los adolescentes al mobiliario y equipamiento de los centros escolares? A los responsables de las televisiones hay que exigirles que impere la creatividad y la libre opinión necesarias en sus emisiones, pero sin contaminantes que puedan afectar la salud mental de los ciudadanos; y si de paso nos cuelan un poquito de cultura, ¡sería para medalla! Manuel Albela. A Coruña. É fundamental abogar por códigos éticos comúns para o xornalismo. Os medios de comunicación convertéronse nunha auténtica encrucillada onde se dan cita os poderes económicos e políticos, son correas de transmisión de outros poderes. A situación pola que están a pasar, actualmente, os xornalistas, os empresarios e os cidadáns debe transcorrer pola defensa da necesidade de compartir principios éticos comúns para tódolos medios de comunicación, con seccións específicas en cada área. Todos entendemos que existen presións, tanto internas como externas, coas que ten que traballar o periodista. Xa non hai que falar de censura, porque, nunha democracia, hai liberdade de expresión; por outra banda, hai presións da empresa informativa, como vehículo de intereses políticos e económicos, polo que é necesario que se creen estatutos serios da profesión periodística, nos que se defenda ós xornalistas, que son a parte máis feble do sistema. M. Trigo Cancela. Carballo.