DE IGUAL MODO que crece el spanglish también aumenta la importación de costumbres ajenas que no parecen mejorar ni simbólica ni estéticamente a las que suplantan. Hasta hace poco era tradición celebrar la festividad de Todos los Santos con un homenaje al teatro de Zorrilla y su Don Juan . Más allá de su patente sentido de la teatralidad o de sus ripios, es interesante esta visión española que combina Amor y Muerte en una emoción común. Quizás porque intuitivamente nos muestra una verdad, la de que si en la lengua española se expresa de la misma manera el querer amoroso del querer de la voluntad: «te quiero» o «quiero leer La Voz», es porque la base del querer es el deseo de poseer. Don Juan identifica radicalmente el querer con el poseer hasta que se da cuenta, tras la herida del capitán Centella por la que se escapa la vida, que tiene razón su paisano Cernuda cuando sostiene que no es el Amor quien muere, que somos nosotros mismos. Y que la Muerte los lleva a él y a su amada doña Inés, logrando sólo entonces la unión de los opuestos. Es también muy propia de la tradición española la visión del mundo astral. El ectoplasma del Comendador se mezcla con los vivos a los que pide cuentas. Pero la gran obra maestra sobre el mito de don Juan es la ópera mozartiana sobre libreto de Lorenzo da Ponte, considerada por algunos incluso superior a La flauta mágica y también con aspectos simbólicos masónicos. Así, para su hermano Goethe: «El Don Juan no es una composición sino una creación del Espíritu. No ha procedido a su capricho, sino que ha obrado poseído por la inspiración genial». Nuevamente la intuición, arma del místico que penetra en el fondo de los seres y de las cosas. Y la mística es la mayor aportación de España a la historia de la filosofía como, en consecuencia, el arquetipo del don Juan sea quizás su figura más universal. Hasta que llegó el estúpido halloween .