EL ANUNCIO del compromiso matrimonial entre Felipe de Borbón y Letizia Ortiz es una buena noticia para los españoles. No fue casual la referencia del Príncipe a sus obligaciones con la Monarquía parlamentaria, como expresión de acatamiento y respeto al Parlamento. «La soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado», afirma el artículo 1.2 del texto constitucional. Cuando se produce la muerte de Franco en noviembre de 1975, muchos observadores dudaban de la capacidad de los españoles para acertar a construir un sistema democrático, cerrar las heridas de la guerra civil y olvidar el daño de una dictadura cruel y violenta. Y además resolver el problema de una Monarquía que aparecía ante los ciudadanos como una emanación del propio franquismo. ¿Acaso los comunistas españoles (PCE), que eran la fuerza más potente y sólida de la oposición ilegal, aceptarían tal imposición? ¿Juan Carlos de Borbón sería un factor del cambio democrático o de la continuidad del viejo sistema? El Partido Comunista de España comprendió la situación y se convirtió en un factor esencial de una compleja transición. Transcurridos 25 años, creo que los que protagonizamos aquellos acontecimientos desde todos los rincones de España podemos explicar lo que hicimos y sentirnos razonablemente satisfechos. Resolver la cuestión de la Monarquía respetando la esencia de la democracia era una cuestión vital para el futuro de España. Nuestra historia reciente ponía de relieve el fracaso de tres crisis revolucionarias en las que el debate monárquico se había cruzado de forma insuperable. Los constituyentes de Cádiz iniciaron su tarea con un país ocupado por las tropas francesas y con una Monarquía absoluta hundida que no aceptó su propia modernización. Los constituyentes de 1869 habían derribado a los Borbones, pero no encontraron un camino de salida de la crisis. Los republicanos de 1931 tenían que hacer frente, otra vez, al vacío político de una Monarquía fracasada por apoyar el golpe de Primo de Rivera en 1923. Ahora no podíamos fracasar. Pese a la idea extendida por algunos en el sentido de que «Franco murió en la cama», y la oposición era débil, lo cierto es que el cambio político era inevitable por la presión de la sociedad y de la oposición. Desde el PCE actuamos con dos convicciones. Una: la disyuntiva esencial para los españoles no se situaba entre la Monarquía y la República, sino entre la democracia y la dictadura; y dos: mientras el Rey respetara y defendiera la Constitución, nosotros respetaríamos al Rey y a la Monarquía. Nosotros cumplimos y el Rey también. Pero muchas cosas han cambiado. Los que estábamos en un lugar, ya no estamos, pero seguimos pensando lo mismo. Ahora la Corona tiene otros retos. Que acierten.