«TODOS los animales estamos hechos de los mismos ladrillos. La diferencia entre un gusano y un humano no son los ladrillos, sino los planos arquitectónicos» (John Sulston, premio Nobel de Medicina). Poco a poco, el urbanismo y el territorio han pasado de ser la pasión de unos profesionales que diseñaban y proyectaban planes maestros a ser un objeto económico de pensamiento único y dominante, un gran negocio para unos pocos y, para la común opinión, una serie de cifras que se manejan y entienden con facilidad: PIB, Míbor, número de viviendas, precio por metro cuadrado, metros cúbicos de hormigón, rentabilidad¿ De forma contradictoria, en la era de la globalización ya no es posible encontrar ciudades con una concepción global. El urbanismo clásico ha quedado relegado del mercado, y aunque algunos urbanistas sigan reclamando desde sus pequeñas fortalezas modelos de ciudad y crecimiento compacto, la realidad real, tozudamente, es otra. A esta visión inmobiliaria es necesario incorporar, cuando menos, dos aportaciones críticas y creo que contundentes. La primera, reconocer el fracaso en materia de vivienda de las leyes de la oferta y la demanda que rigen cualquier otra actividad económica: una mayor oferta de suelo, con más hormigón y ladrillo que nunca, no ha supuesto una contención de los precios, sino todo lo contrario. De paso, ha quedado en evidencia la inutilidad de las muletas que sostienen esta política: la liberalización de la legislación y la voracidad de un planeamiento que ha clasificado suelo edificable a diestro y siniestro. La segunda, la falta de una visión sostenible de la economía urbana. Una mala planificación y un exceso de construcción crean un conjunto de diseconomías de escala que van desde un consumo indiscriminado del suelo -al que nadie se atreve a echarle números-, hasta la necesidad de costosas inversiones públicas para zurcir o reparar los daños producidos por un crecimiento disperso y desconectado, como las variantes de acceso a las ciudades ante el colapso del viario tradicional, convertido en calles al permitir la edificación en sus márgenes. Los temas de la ciudad y el territorio empiezan a ser una cuestión de cómo reactivar nuestros genes inteligentes, capaces de dirigir, con una visión global, los planos de colaboración entre la política, el mercado y los ciudadanos. Asuntos a los que me he referido ya en este mismo espacio y que no me cansaré de repetir: el reconocimiento fiscal y urbanístico del esfuerzo territorial de aquellas administraciones y particulares que coincidan con el interés general; directrices que pongan en trance de cooperación las áreas metropolitanas; un pacto político y social por la sostenibilidad de los espacios a proteger y los niveles de servicios; un gobierno común de mínimos sobre la construcción territorial del país; voluntad política y empresarial que induzca al trabajo y a la credibilidad; un planeamiento cualificado y comprensible que no se limite a convertir en «tierra prometida» todo el suelo de un municipio; una cultura que vuelva a dotar a la ciudad de un pensamiento propio y comprometa eficazmente a los arquitectos, o la enseñanza del hecho urbano desde la escuela.