¿CON QUIÉN se iba a casar el Príncipe de Asturias? Con una asturiana, claro. Lo que no esperaba nadie es que la futura Reina de España fuese una periodista y una mujer que ya estuvo casada por lo civil. Los que criticaron a la familia Real por no permitir que su hijo se casase con quién quisiese, los que hablaron y hablaron sobre la triste condición de un Príncipe que no podía casarse por amor, cobraron los artículos, pero erraron. El Príncipe, al final, se casa por amor y punto. Los amantes puristas de la monarquía seguro que dirán que Letizia es una chica estupenda, pero lo harán con la boca pequeña de lo políticamente correcto. Decían que la Reina Sofía no permitió a su hijo casarse con Isabel Sartorius, ni con la americana Gigi, ni con la modelo noruega Eva, que no le gustaban, que le buscaba un matrimonio casi de Estado en la más rancia tradición. Nada de nada. El final de esas relaciones habrá que buscarlos en otros motivos, porque el heredero de la Corona española ha elegido como sus hermanas, con total libertad, y con muy buen gusto. En un país donde los púlpitos mandan mucho es un síntoma de modernidad enorme que el Príncipe elija a una mujer de nuestro tiempo, sin mirar su estado civil. Es así cómo duran los matrimonios. Sin coacciones. Las coacciones y el amor se llevan fatal. El reloj biológico de ambos indica que habrá hijos pronto. Como en los cuentos de verdad. Dos se quieren y tienen hijos. Al fin y al cabo, la sangre es roja y todos sabemos que azul es el color del cielo. Los hijos de Don Juan Carlos y Doña Sofía se han casado, insisto, con tres ciudadanos normales de este país: un soriano, Marichalar, un alavés, Urdangarín, y una asturiana, Letizia; un trabajador de un banco, un jugador de balonmano y una periodista, como en cualquier familia media española. Es un alarde tremendo de normalidad. En la Zarzuela saben que Sissí es cosa del cine, sólo es una película. En-hora-buena