LA SEMANA pasada, en la que una vez más Madrid ha sido la capital mundial de las buenas intenciones , hemos tenido que oír discursos amables sobre la voluntad de los países más ricos de ayudar a los iraquíes a reconstruir su país y a recobrar su «dignidad». Desafortunada por ofensiva, la declaración del señor Powel que identifica bienestar con dignidad. Los iraquíes han sufrido tres largas décadas de privaciones y humillaciones y han sobrevivido a ellas con toda la dignidad que, como seres humanos y, sobre todo, como supervivientes , es posible tener. Estos benefactores países, que con tanta intensidad quieren ayudar a los iraquíes, han mirado hacia otro lado durante treinta años mientras éstos sufrían toda suerte de desgracias. Consintieron los desmanes de Sadam mientras fue su aliado y, después, para castigarle, le impusieron un embargo que sólo sirvió para estrangular aún más a la población. Abandonados por todos, los iraquíes vivieron sometidos a una férrea dictadura del terror, alienados por la doctrina única del Partido Baaz; vieron morir a los varones de sus familias, primero bajo las bombas iraníes, y después bajo las de la coalición internacional; enterraron a sus niños, fallecidos por falta de los medios sanitarios básicos; vendieron todas sus posesiones, incluidos sus hogares, para pagar medicamentos; tuvieron que ingeniárselas para conseguir alimentos cuando el dinero no valía nada y los salarios eran tan escasos que la nómina mensual sólo servía para pagar una docena de huevos. ¿Qué dignidad les puede quedar en estas circunstancias? Toda la del mundo. Porque si de algo pueden presumir los iraquíes, ya sean musulmanes o cristianos, kurdos o árabes, es de pertenecer a la raza de los que no se rinden y que consiguen sobrevivir en cualquier circunstancia. ¡Que no intenten engañarnos! El dinero prometido no es una donación, sino un préstamo. El petróleo iraquí pagará con creces este anticipo que servirá para poner en funcionamiento el país y paliará el hambre pero, nunca bajo ningún concepto comprará la dignidad de aquéllos que la han conservado en las más aciagas circunstancias.