EN LA PELÍCULA Una mente maravillosa , un personaje que es producto de la esquizofrenia del protagonista, John Forbes Nash Jr., cuya enfermedad no le impidió ser premio Nobel de Economía en 1994, afirma que las convicciones sólo se las pueden permitir las partes no implicadas en un conflicto y que en el mundo real se cometen todas las atrocidades que el ser humano es capaz de imaginar. Curiosamente, este ser imaginario, surgido de una mente enferma, ofrece un diagnóstico pasmosamente real y atinado de nuestro mundo, en el que -para mayor sutileza del mal- la barbarie y el horror son camuflados por un gran compadreo internacional atiborrado de descarados intereses. Hablo de lugares como Chechenia, que, como acaba de denunciar el filósofo francés André Glucksmann, es hoy «un pueblo enterrado vivo», donde el presidente ruso, Valdimir Putin, ha perpetrado unas elecciones a punta de kaláshnikov que causan repugnancia por su ilimitado desprecio de la dignidad y de los derechos humanos. A la postre resulta que el pueblo checheno, compuesto por un millón de seres implacablemente machacados, ha elegido presidente a Kadyrov, un prorruso más temido que los propios rusos. ¿Cabe mayor burla, peor escarnio? Y todo ello, ¿para engañar a quién? Ni Washington, ni París, ni Berlín, ni la ONU han pronunciado una palabra de reprobación o de condena. ¿Existe el pueblo checheno? ¿Existen sus derechos? No para los amos del compadreo planetario. Naturalmente, Chechenia no es más que uno de esos infiernos consentidos en aras de un mal entendido respeto mutuo entre poderosos. La lista de avernos silenciados es larga. Brutales dictadores que, de repente, son recibidos como amigos por unos demócratas que sacrifican sus convicciones para involucrarse en los beneficios resultantes. Guantánamo, Afganistán, Gaza, el Tibet y medio continente africano son ese grito sofocado, pero irrefrenablemente acusador, que se alza contra tanto siniestro compadreo. Ni Maquiavelo aprobaría tal desprecio de los medios en favor de los fines.