ALGUNOS dirán que Beiras sigue ahí, y que el título de este artículo suena a epitafio prematuro. Pero todos sabemos que nada es igual en el BNG desde que Paco Rodríguez cometió el error de desviar hacia el líder más carismático del frente nacionalista lo que debía ser la autocrítica de un proyecto que empieza a estancarse peligrosamente. Porque lo que pedían los resultados de las elecciones de 2001 era una reflexión sobre la oferta política y los desgastados dirigentes históricos del Bloque, en vez de cuestionar el papel de quien le dio al BNG toda la modernidad y toda la aceptación que tiene fuera de su estricta militancia. Que la renovación del BNG empiece y termine en Beiras es un enorme sarcasmo. Y, aunque soy de los convencidos de que Beiras no debería resistir, ni dar una batalla personal contra los enanos, también estoy seguro de que, más allá de la pérdida de un liderazgo a corto plazo irreemplazable, la sustitución de Beiras como referente electoral del BNG significa también un inevitable rectroceso hacia la visión radical del frentismo. Y por eso no será posible evitar que las contradicciones propias de una organización política poco amalgamada y peor estructurada, emerjan y se destaquen sobre la personalidad de sus dirigentes y la imagen de sus candidatos. Lejos de mí la idea de suponer que Beiras es un hombre imprescindible e infalible. Tampoco quiero pensar en la posibilidad de que, siguiendo la moda que nos invade, también Xosé Manuel Beiras se avenga a derrumbarse de viejo pegado a un sillón. Lo único que digo es que, con el BNG abocado a una reforma de grandes proporciones, sólo Beiras estaba preparado para llevar a buen puerto ese difícil navío, y que sólo él tenía la autoridad moral que se necesita para decir las cosas que hay que decir y aguantar el desierto que hay que cruzar, para crear una alternativa de gobierno. Por eso lamento que el BNG haya optado por mirar hacia sus propias filas y, en vez de afrontar los cambios que la sociedad gallega le exige, volver a exhibirse en una estéril batalla por el control del partido y por la continuidad de un grupo dirigente del que sólo se van los mejores. Vista la situación con los ojos de un elector que busca salidas al decadente fraguismo, Quintana y Nogueira parecen empeñados en una batalla que todavía no toca. Porque, si el inexorable destino de uno es el salir derrotado de estas inoportunas primarias, el que salga victorioso de esta guerra civil está abocado a ver cómo todas sus fuerzas, y las de un BNG en regresión inevitable, se estrellan una y otra vez contra el fantasma de Beiras. Aunque todos, incluído Beiras, se dejen la piel para evitarlo.