Precios

| RAMÓN PERNAS |

OPINIÓN

17 oct 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

EL MERCADO, según sus hagiógrafos y defensores, todo lo regula, y el euro, dicen sus detractores, todo lo envilece. Máxime si se aplica el redondeo al alza o la ecuación elemental de fijar en tres euros lo que antes valía trescientas pesetas, ecuación que al parecer está prevaleciendo. Tengo por costumbre visitar las plazas de abastos y los mercados populares donde se venden viandas. Me sumerjo en ese universo de olores y colores cuando viajo fuera de España. Lo considero un acercamiento al modo de comer de otras culturas, a la manera de comportarse y a eso que los cursis denominan como el ser nacional. Siempre reparo en los precios de los productos expuestos, y cuando salgo me voy convencido de que conozco mejor a las personas que habitan otras ciudades distintas de la mía. Desde hace veinte años cada otoño hago estación en una ciudad alemana, siempre la misma. He comparado a lo largo de estas dos décadas los precios que allí se ofertaban, en una inicial y casi impúdica exhibición de cuando el marco era la moneda más fuerte de la Unión Europea. Aquellos precios me parecían astronómicos desde la óptica de nuestra humilde y entrañable peseta. El adjetivo exclamativo fue el mismo durante varios lustros: ¡qué barbaridad¡ Pero desde hace un par de años, con el advenimiento del euro, los precios resultaban parecidos, luego similares y en este último viaje incluso inferiores a los españoles. Y no porque España vaya bien, que no es oro todo lo que reluce, y no a causa de la recesión de la república germana. No, las causas son de una complejidad que raya con hermetismo esotérico. En un mercado de un barrio escasamente popular de Frankfurt, el precio de los tomates españoles era inferior al que tienen en España. Como estaba tan estupefacto, acudí raudo a tomar un café en un coqueto y elegante bar situado a la entrada de la calle más comercial de la ciudad. En el momento de pagar el camarero me tuvo que repetir el precio para sacarme de mi asombro: un euro con sesenta, que igualaba lo que cuesta un café en una cafetería de mi pueblo, Viveiro. Estoy seguro de que los alemanes no han aplicado la fórmula magistral de antes quinientas pesetas ahora cinco euros , que alguien patentó en España y que encarece el coste de la vida haciendo imposible el control de la inflación. Si no lo veo no lo creo; es más, compré un par de jerséis de marcas que gozan de prestigio internacional, no fabricadas en Alemania, y me costaron un treinta por ciento más baratos que en Madrid. Traje los correspondientes tiques de caja para avalar mi tesis. Esto no hay quien lo entienda. Pretendieron explicármelo un par de veces con argumentos tan crípticos como obtusos. Lo cierto es que el precio del aceite, de las patatas, de las lechugas, de los tomates y de un largo etcétera ha crecido exponencialmente, alcanzando los ingredientes de la dieta mediterránea precios de artículos de lujo. Los tomates se acercan peligrosamente al precio de los percebes. De seguir así, las ensaladas mixtas se igualarán al plato de angulas, y estas navidades habrá que desear que esa cesta que siempre nos envía un amigo rico y generoso contenga al menos un par de kilos de tomates, dos o tres lechugas, y en lugar de la socorrida botella de whisky incorpore una botella de aceite. Seguro que seremos la envidia de todos los vecinos.