«PUES no hay mayor pecado, que el de no seguir al abanderado». Lo cantaba hace años Paco Ibáñez, prestando su voz ronca y desgarrada a los versos de Brassens. Anteayer tarareé durante un rato su canción, mientras veía por la tele a los dirigentes del PP poner a caldo a Zapatero por no haberse levantado al paso de la bandera norteamericana (acompañada, al parecer, de la española) durante el desfile militar conmemorativo de la fiesta nacional. Y claro, la cuestión se me apareció de inmediato con una meridiana claridad, mientras oía de fondo el run-run de Ana Mato y de Zaplana arreándole estopa sin piedad al líder del PSOE: si el desfile militar, como era el caso, se inscribía en el marco de una fiesta nacional , ¿qué pintaban entre nuestras tropas las banderas de los países de la coalición militar que participa junto a España en la ocupación de Irak bajo liderazgo americano? Pues la verdad es que no pintaban absolutamente nada. Sólo la desvergonzada decisión del Gobierno de convertir un acto nacional en un acto destinado a prestar apoyo a su muy discutible y muy discutida política en Irak puede explicar la presencia de símbolos que lejos de generar consenso entre los ciudadanos generan hoy todo lo contrario: profundo desacuerdo. Es cierto, como dice Ana Mato, que las banderas no representan a los gobiernos sino a los países: yo mismo lo recordaba en esta columna no hace mucho a cuento de la chusca idea de un ayuntamiento de Galicia consistente en imprimir en unas camisetas la bandera americana dándole la forma de papel para retretes. Pero siendo cierto eso, no lo es menos que cuando el gobierno de un país decide que en un desfile militar marchen, junto a la propia, las banderas de los Estados con los que ese país viene realizando operaciones armadas, está decidiendo enviar a la opinión pública un mensaje político inequívoco. Un mensaje, y ahí reside el problema del desfile del domingo, que no debiera ser enviado nunca en un acto de carácter institucional, presidido por el Rey y en el que están presentes, como es lógico, los líderes de las fuerzas democráticas. Dicho todo lo cual, queda sólo una cuestión: ¿Hizo bien el líder del PSOE quedándose sentado, en señal de protesta, al paso de la bandera americana¿ ¿O debía haber mantenido, pese a todo, la esperada compostura, eligiendo otro momento y otro espacio para expresar su justificado malestar? La cuestión, claro, es opinable. Pero quizá Zapatero no calibró bien lo que de él esperaban en tales circunstancias la mayoría de los potenciales electores socialistas. Que, recordémoslo otra vez, son diferentes de los de Llamazares y Madrazo. ¡Bastante diferentes!