CARLOS G. REIGOSA | O |
13 oct 2003 . Actualizado a las 07:00 h.EL DALAI LAMA, líder espiritual del Tíbet, ha pasado por España dejando tras de sí un interesante reguero de reflexiones propias y de silencios ajenos. Entre las que le han correspondido a él, destacó su denuncia del genocidio cultural que China está cometiendo en el Tíbet y su rechazo de toda violencia, por entender que siempre es impredecible y a menudo provoca una incontrolable reacción en cadena. Condenó el terrorismo sin paliativos y afirmó: «Para que en el futuro puedas vivir en paz con tus vecinos, es muy importante que, al luchar por tus derechos, lo hagas sin violencia». Las palabras de este líder espiritual, exiliado del Tíbet desde la ocupación China en 1959, cayeron en el vacío en una España embarcada en altos vuelos internacionales y deseosa de no agraviar a China, cuya embajada en Madrid había emitido signos inequívocos al respecto. Nuestras autoridades dieron por cerradas sus agendas antes de que el pacífico budista pudiese colarse en ellas. ¿Mensaje oficial? El silencio. Es decir, que el Dalai Lama y los tibetanos se las arreglen como puedan, que nosotros ya tenemos bastante con lo nuestro. ¡Pragmatismo de altura se llama esto! Y es que corren malos tiempos para la lírica pacifista. ¿Alguien escucharía hoy a Gandhi?