LOS yuppies de la crítica, y muy especialmente los que creen que hablar o escribir en los medios del Grupo Prisa les da un plus de europeísmo y objetividad que no siempre merecen sus palabras, han decretado por unanimidad -porque el modelo búlgaro también funciona en los periódicos- que el AVE a Barcelona es una chapuza, y que nada de cuanto afecta a esta impresionante obra de ingeniería merece el más mínimo elogio. Nada dicen, por supuesto, sobre la absoluta racionalidad de un trazado que debiera haber sido el primero de España, y hasta dan la sensación de estar conformes con aquel capricho de Felipe González que, para darle satisfacción a su pueblo de Sevilla, acabó conformando un proyecto de ferrocarriles que antepuso el éxito de la Expo-92 a la absoluta prioridad de los AVE Madrid-Lisboa y Madrid-Francia. Ya sé que Álvarez Cascos es un mal encarado y un soberbio insoportable. También sé que se equivocó a la hora de fijar los plazos de una obra que, debido a su punta tecnológica y al excesivo optimismo del calendario previsto para las entregas de la obra civil y los equipamientos, perdió la oportunidad de entrar en la historia de los ferrocarriles españoles con un viaje perfecto, entre Madrid y Barcelona, a una media de 300 km/h. Pero esa es la anécdota y no la categoría. Y por eso me parece que no hay derecho a presentar como una chapuza la línea del AVE que empieza a darle racionalidad a la red, y la primera de una programación que, además de haberse extendido hasta nuestro Finisterre, está impulsando la construcción de las grandes líneas que van a vertebrar el transporte ferroviario de la península Ibérica, Portugal incluido. Pero nada de eso se dice ahora. Lo importante es que la gente crea que el tren de Barcelona no va a ser de los rápidos, que se va a hundir en los abismos calcáreos de la estepa aragonesa, y que costó un 25 % más de lo inicialmente previsto, como si en las últimas décadas se hubiese hecho alguna obra en España que no haya pasado por el habitual proceso de complementarios y modificados previstos en la ley. Por eso, y porque somos de aquella manera, lejos de convertirse en la expresión de una modernidad soñada y no del todo consumada, estamos aprovechando esta impresionante inversión de 4.500 millones de euros para demostrar que somos un desastre, y que nunca seremos capaces de enterrar el aldeanismo montaraz que, erradicado ya de la España profunda, parece haberse refugiado en las estructuras del penoso centralismo mediático que padecemos. Por eso no quise sumarme al coro de cantantes que hacen la fácil crítica de Álvarez Cascos, aunque más de una vez -lo confieso- tuve la tentación de hacerlo.