QUIZÁ eran mayoría los que pensaban que el Premio Nobel de la Paz de este año iba a ser para el Papa Juan Pablo II. No hay duda de que se lo merecía. Y tampoco andaban faltos de razones los que deseaban que recayera en Lula da Silva, ese líder brasileño que está cometiendo muchísimos menos errores de los que desean sus adversarios y vaticinan los escépticos en general. Pero no. El comité ha querido recordarnos que hay más mundos que el occidental y ha elegido a la abogada iraní Shirin Ebadi, musulmana de 54 años y activa defensora de los derechos de las mujeres y los niños. El presidente del comité ha dejado claro que, con esta elección, se trata de favorecer y respaldar a la gente que lucha por los derechos humanos en todos aquellos países en que esta lucha «necesita inspiración y apoyo». Dicho así, se percibe con claridad la dimensión política del galardón. Al otorgárselo a esta luchadora, el jurado ha iluminado con claridad la diana: Irán, un país fronterizo con Irak, con un proceso de apertura ralentizado por los ayatolás y con un deseo inocultable de titularse potencia nuclear. La activista Shirin Ebadi, reformista y demócrata, simboliza un horizonte deseable. Y su lucha merece ser conocida y apoyada.