MADRID no se ha puesto «las mejores galas» para la nueva campaña electoral que empezó la otra noche. Bien mirado, no se ha puesto ninguna gala. Las elecciones que se repiten son una condena. El ciudadano se considera más víctima de un choriceo político que protagonista de una fiesta democrática. Así que siente un interés por votar perfectamente descriptible. Si siempre vota, según los mal pensados, para castigar a alguien, esta vez lo hará a conciencia. Sí existe, en cambio, interés por saber quién ganará. Es decir, quién ha convencido más a los ciudadanos de que «el chorizo es el otro». Si las encuestas no juegan una de sus malas pasadas, parece que ha sido el PP. Todos los sondeos le atribuyen la mayoría absoluta. El del Instituto Opina proclama a Esperanza Aguirre como la candidata más valorada, en detrimento de un Rafael Simancas disminuido. La opinión pública ha sido poco indulgente con el socialista. No le perdona haber metido en sus listas a un tipo como Tamayo. Eso tiene otro valor de futuro superior al puntual de las urnas matritenses: quien se queda con la imagen de corrupción o de incompetencia, es el Partido Socialista. Al PP, en cambio, se le perdonan todos los indicios de connivencia con constructores, amigos de Tamayo, especuladores, «afortunados» de pelotazos rápidos y el mismísimo Romero de Tejada y sus nóminas de la fotocopiadora. Tiene que ser bastante desolador para Zapatero y un equipo que blande nada menos que la bandera de la recuperación de la democracia herida y que, al parecer, sólo ellos podrían recuperar. Pero me temo que hay otro castigo que daría la razón a las disculpas de Tamayo el 10 de junio: la alianza del PSOE con «los comunistas» de Izquierda Unida. Esa alianza es perfectamente lícita y defendible. Por mucho que la ataquen y denuncien los portavoces de la derecha, ninguno le podrá quitar legitimidad. Pero tiene un problema: no le dicen a los ciudadanos en qué consiste. Esa «menudencia» queda, como se ha visto tras el 25 de mayo, para después, para el reparto del poder. Consecuencia: hay médicos no simpatizantes del PP que temen, sin embargo, que la Sanidad vaya a caer en manos de un comunista. Y hay profesores que temen que sea la Educación. La lista de temerosos afecta a todas las consejerías. Y además, ha calado la idea, difundida por las «terminales mediáticas del Gobierno», de que Izquierda Unida se llevaría el 40% de los puestos públicos, teniendo sólo el 10% de los votos. Esto crea incertidumbre. Sospecho que, aunque Simancas hubiera ganado la batalla de Tamayo, seguiría saliendo de perdedor. Hay amistades que matan. Sobre todo, cuando parecen de tapadillo.