DICEN que la historia es cíclica. Tal vez sea cierto. En el siglo XIV, Francesco Petrarca, político y poeta, escribió algunos de los sonetos de amor más memorables de todos los tiempos. En sus inmortales canzonis , Petrarca alababa la belleza de Laura de Noves. El vate italiano vio a la mujer sólo una vez en su vida, cuando ella salía de una iglesia de Aviñón. Pero bastó aquella contemplación fugaz para que Laura se adueñase para siempre del sensible corazón de Petrarca. Ahora, siete siglos después de Petrarca, otra Laura vuelve a ser la destinataria de unos versos de amor universales. Se trata de Laura Bush, a cuyo corazón se entrega otro político y poeta: George W. Poseedor de una voz lírica impetuosa y dueño de una facilidad inusual para la metáfora romántica, Bush canta así a la ausencia de la amada: «¡Oh, mi bulto en la cama, cuánto te he echado de menos!». Son unos versos adorables, que rezuman sensibilidad y oficio literario. Pero lo realmente notable es que el poeta americano es todavía mejor en su faceta como político. En sólo cuatro años de presidencia, y tras emprender dos guerras, ha conseguido que Afganistán siga en la miseria, que Irak sea un polvorín, que Israel y Siria estén al borde de una nueva contienda, que los atentados integristas se multipliquen por dos, que la economía planetaria empeore y que los tiranos de Cuba, Corea, Pakistán, Egipto, Arabia, Libia y media África sigan tan panchos en sus puestos. Como loa a tal gestión, la oposición puede proponer otro verso: «¡Oh nuestro bulto en la Casa Blanca, no te vamos a echar nada de menos!».