HACE TRES DÍAS, Cacharro Pardo reabría la controversia, que parecía definitivamente superada, sobre la continuidad de Fraga, al que el presidente de la Diputación de Lugo considera la persona con mejores aptitudes para concurrir, una vez más, a las próximas elecciones autonómicas como candidato del Partido Popular. Preguntado sobre el asunto, Manuel Fraga ha rechazado inicialmente tal posibilidad. Sin embargo, la iniciativa de Cacharro no debe ser tomada a humo de pajas; son demasiados los elementos que coadyuvan a que pueda intentarse semejante insensatez: la obsesiva idolatría de Fraga hacia el poder, los intereses personales de muchos dirigentes y, sobre todo, la inexistencia de un relevo creíble en el seno del PPdeG. Manuel Fraga puede disfrutar todavía de muchos años de vida, algo que personalmente deseo vivamente, pero, a pesar de los sonrojantes ditirambos de sus apologetas, no reúne ya las exigentes condiciones requeridas para dirigir un gobierno, salvo que alguien piense que las inexorables leyes de la naturaleza han hecho una excepción con el presidente de Galicia. Fraga da muestras de inteligencia al rechazar la propuesta de Cacharro, admitiendo que su estrella ha empezado a declinar - sic transit gloria mundi - y asumiendo que su inexorable declive no le permite liderar un proyecto político con el horizonte en el 2010. Sin embargo, a favor de la continuidad de Fraga juegan los intereses de numerosos dirigentes y cargos públicos del PP. En unos casos porque su valía no resistiría una renovación merecedora de tal nombre, en otros porque han sido defenestrados -o están a punto de serlo- y necesitan ganar tiempo para intentar recuperar sus anteriores posiciones de poder. Unos y otros están interesados en retrasar el mayor tiempo posible el proceso de renovación, objetivo que, al menos parcialmente, esperan conseguir con la permanencia del actual presidente. Pero, ante la previsible retirada de Fraga, el problema que realmente preocupa en el PPdeG es la ausencia de líderes capaces de aglutinar a la organización y de generar el impulso político imprescindible para poder rescatar al partido conservador en Galicia de su actual estado de postración. En efecto, los nombres que suenan para suceder a Fraga no dan pie a la esperanza ni generan la mínima ilusión. El perfil político de todos ellos se acerca más al requerido para un delegado del Gobierno que al exigido para ser presidente de la Xunta, y, desde luego, está muy alejado del que demandan las necesidades de Galicia. Sotto voce esta realidad era reconocida por numerosos dirigentes populares; ahora la propuesta de Cacharro, secundada por importantes adhesiones, ha puesto públicamente de manifiesto esa delicada situación por la que atraviesa el Partido Popular en Galicia. En todo caso, el erial político en que se ha convertido el PPdeG es exclusiva responsabilidad de quienes, con Fraga a la cabeza, han dirigido dicho partido en los últimos años. Ello no obstante, espero que, en contraste con lo ocurrido en otras ocasiones, Fraga no cambie de opinión a última hora, y asuma plenamente que ni Galicia es la República Dominicana ni él debe aspirar a desempeñar el triste papel de Balaguer.