CRÍTICOS SON, para España y para el proyecto europeo, estos momentos en que se ha abierto la Conferencia Intergubernamental, llamada a decir la penúltima palabra sobre el proyecto de Constitución de la UE. Sobre el tapete de esta conferencia abierta en Roma, el órdago franco-alemán al derecho español obtenido a través del Tratado de Niza sobre el reparto de las cuotas de poder en Europa. Con España, en la misma tesitura, soportando idéntica sevicia política del eje París-Berlín, Polonia. Pero a los polacos la cosa les llega de rebote, por compartir el mismo dato demográfico: población intermedia entre las naciones grandes y las pequeñas. El problema de la cuota de poder establecida que se nos quiere arrebatar radica en el poder de represalia franco-alemana por haber decidido España, a propósito del conflicto de Irak -como podría haberlo hecho a propósito de otra cosa-, al margen de la tutela francesa; o, dicho de otra manera, zafándose de la injerencia histórica a que Francia se cree con derecho desde la Guerra de Sucesión y la entronización de los Borbones. Y todavía los lumbreras del primer partido de la oposición, en un artículo publicado en su medio orgánico, acusan a Aznar de haber apartado a España de sus «relaciones naturales» en Europa. ¿Será lo natural resignarse a la intromisión histórica de Francia? Consideraba Ortega que el hombre no tiene naturaleza, sino historia. Y si eso pasa con el hombre, más ocurre con las naciones. El cambio histórico de España -operado a propósito de Irak- es el de la emancipación de la sombra francesa, a través de la establecida alianza con EE.?UU. La integración plena en Europa, precisamente, postulaba la exclusión de la sombra francesa. Es lo de Alemania efecto subordinado, de duración incógnita, por cosas de la Historia. A ver cómo se portan italianos y británicos.