LA GUERRA de Corea fue una guerra muy rara. Cuando acabó, los soldados de Corea del Norte que cayeron en manos del enemigo se negaron a ser devueltos a su país de origen, regido por el prosoviético Kim Il Sun según un modelo estalinista que, medio siglo después, no parece haber perdido un ápice de su virulencia. También fue rara porque allí, y bajo la bandera de Naciones Unidas, combatieron hasta los turcos, que lo hicieron mostrando un valor y un coraje muy superiores a los de cualquier otra tropa de las que allí se dieron cita. En cuanto a la dimensión y envergadura del enfrentamiento, conviene recordar que la arrolladora invasión del Sur por las tropas del Norte que atravesaron el paralelo 38, llevó al general MacArthur a sugerir la opción más adecuada para una potencia nuclear ante el encadenamiento y acumulación de las alianzas enemigas. Corea del Norte contaba con un ejército chino que superaba los doscientos mil hombres. Sus carros de combate eran rusos, y pronto lo fueron sus aviones. La asamblea general de la ONU condenó la intervención china, MacArthur fue relevado y la Unión Soviética anunció que disponía de armamento atómico. Pocos días después de firmado el armisticio, hacía estallar su primera bomba termonuclear. Mientras tanto, los reactores americanos y rusos más avanzados del momento combatían a lo largo del río Yalu, sin que los bombarderos americanos atacaran jamás las bases enemigas en China. La cosa se resolvió con el restablecimiento de la vieja frontera en el paralelo 38. El National Geographic publicó hace poco una fotografía aérea en la que Corea del Sur se distingue por una iluminación que llega hasta ese paralelo. Una densa mancha sin luz que se extiende al norte es Corea del Norte. Por aquella época y durante un buen número de años después, se pensó que Japón era un país originario y procedente de China en un proceso inmediato y directo del que Corea quedaba apartada y autónoma como una suerte de excrecencia medio necia y medio inepta. Las cosas son así en Oriente, donde el desdén puede llegar a ser una cosmogonía. Pero las investigaciones y descubrimientos más recientes acreditan que lejos de ser así las cosas, Corea, ambas Coreas (tan hermanas como para que la mayor dé capones a la menor sin mayores escrúpulos), son el eslabón perdido y crucial entre China y Japón. De modo que Corea ha pasado a ser, para China, el hijo pródigo y, para Japón, la cristalización de que madre no hay más que una. Son circunstancias que llevan a la soberbia. Los hijos tardíos o descubiertos a destiempo suelen ser los de peor crianza, los de educación menos rigurosa y los de carácter más caprichoso, díscolo y sombrío. Se les deja hacer y acaban haciendo lo que les da la gana. Son expertos en chantajes. Tan expertos como las madres postergadas y puestas luego en la veneración y en el derecho a hacer lo que les salga del moño. Y, ahora, ni China ni Japón saben qué hacer con Corea. Y eso es lo que está haciendo Corea del Norte (y la del Sur por añadidura y, no menos importante, porque no puede hacer otra cosa). Nadie sabe, en realidad, que es lo que hace y lo que busca Corea. Sus familiares la observan aterrados.