RECORDABA yo escuchando al ministro del Interior, Ángel Acebes, en su comparecencia parlamentaria sobre el caso Alexander King, un chiste de mi juventud en el que un bombero, sorprendido al ser tratado como tal por el camarero de un bar en el que había entrado a refrescarse, le pregunta: «¿Y cómo sabe usted que soy bombero?» a lo que el barman responde: «Hombre, con esa cara, ese casco y con la manguera que lleva en la mano...». Porque si el 15 de septiembre de 1998 Scotland Yard advirtió a sus colegas españoles a través de Interpol, como es preceptivo en estas comunicaciones, de que estaba en España un delincuente británico «peligroso para las mujeres; que era buscado en Inglaterra por un delito de violación; que tenía antecedentes en el Reino Unido por intento de estrangulamiento, agresión grave, posesión de armas e intento de robo; y que sus delitos solían ser contra mujeres y por motivación sexual»; si además Scotland Yard pedía a sus colegas españoles que le informaran sobre su domicilio, y el 7 de enero de 1999, meses antes del asesinato de Rocío Wanninkhof en Mijas, la policía de nuestro país da respuesta informando de la dirección de Alexander King en la Costa del Sol, ¿qué necesitan los investigadores españoles para incluir como sospechoso de esta muerte a quien a la larga resultó ser el autor confeso de dos crímenes? ¿Que se presentara en un bar, como el bombero, con un cuchillo en una mano, la ropa interior de sus víctimas en la otra y con sus pantalones manchados de sangre? De autocrítica del ministro Acebes en su comparecencia parlamentaria, poca; si acaso, la que implícitamente supone el compromiso de mejorar las bases de datos de interés policial de investigación porque los instrumentos internacionales son «manifiestamente insuficientes». Que viene a ser como el chiste del bombero, pero al revés. Y que no nos venga el ministro con monsergas de leyes orgánicas como la 15/1999 en la que no se contempla la recogida en los ficheros informatizados de la Policía de potenciales delincuentes. Mire usted, señor ministro, en la Europa de Schengen, sin fronteras, un delincuente inglés que delinque en Inglaterra es un delincuente potencial en España. Y si usted o las leyes orgánicas no lo creen así, podemos preguntárselo a las familias de Rocío y Sonia.