ÉRASE un país a los bancos pegado. Érase un país tan endeudado, que estaba de las hipotecas colgado. Con un ripio parecido habría descrito don Francisco de Quevedo el panorama español después de la noticia que hoy se publica: el importe de los créditos hipotecarios concedidos el primer semestre ha crecido un 22,5 por ciento respecto al mismo periodo de 2002. Se dice pronto: una cuarta parte. El personal le ha cogido gusto al crédito. ¡Abajo penalidades! El que puede, se convierte en propietario. Y hay mucha gente que puede, porque ninguna entidad presta un euro si no tiene la seguridad de recuperarlo. Para el análisis social, el dato muestra una realidad inquietante: centenares de miles de jóvenes inician su vida laboral ligando su destino a un banco. Los plazos de pago son tan largos (hablamos siempre de 25 ó 30 años), que no se hipotecan un piso o una finca, sino la propia vida. Quien firma un préstamo a los 35 años de edad, terminará de pagarlo cuando se jubile. Y en muchos casos, debe destinar a ese concepto la mitad de su salario. ¿Vale la pena? Mucha gente se hace esa pregunta, pero es inútil, porque estamos ante la fiebre de esta época. ¿Qué importa que la vivienda sea inasequible? La hipoteca barata tiene una formidable capacidad de seducción. Políticamente, alguien tendrá que hacer un análisis científico de la situación. Si yo fuera ministro, estaría encantado: una sociedad lanzada a pedir créditos es una sociedad que confía en su futuro. Confía, por tanto, en la política que se está realizando. Se siente segura en su trabajo y en su empresa. Piensa que, aunque le despidan, encontrará muy pronto un nuevo empleo. Y, como valor añadido, le da un testimonio de confianza a la política oficial. La mejor encuesta de seguridad en el futuro se efectúa en los bancos, no en los sondeos del CIS. El resto es literatura. Si, en cambio, yo fuese directivo de un partido de izquierda, por ejemplo el PSOE, empezaría a preocuparme. Un matrimonio propietario de un piso a los precios de hoy tiene todos los números para hacerse un matrimonio conservador. No digo que se haga del PP, pero sí que pasa a tener algo que conservar, que es la primera condición para votar al poder. Si, encima, está hipotecado, empezará a desear que no cambie la situación que le he permitido alcanzar ese estado de solidez. Es difícil ser revolucionario con las llaves de un piso de hoy en la mano y una letra que vence la semana siguiente. Y desde luego, creo que cada vez que se firma una hipoteca, Izquierda Unida pierde un votante potencial. No necesita a Llamazares. Por eso el PSOE tiene que girar al centro. Las elecciones de marzo se ganarán en las ventanillas de los bancos.