CON EL de este sábado en Italia, ya son tres los apagones de gran importancia que se producen en el plazo de poco más de mes y medio en países pertenecientes al selecto club del «Primer Mundo». Más allá de que esta sucesión de apagones totales en un breve período de tiempo puede hacer que nos cuestionemos si se trata de una simple coincidencia o de algo más, lo cierto es que son una llamada de atención clara sobre uno de los puntos más vulnerables de nuestras sociedades del bienestar: el suministro de energía. Estamos tan acostumbrados a pulsar un botón y que se enciendan las luces, la televisión, el equipo de música, el ordenador que ni nos planteamos qué hay detrás de ese simple gesto. Todo comienza en las centrales de producción eléctrica: por una parte, están las tradicionales y, cada vez más denostadas por contaminantes, centrales térmicas y nucleares y, por otra, las grandes presas hidroeléctricas cuya incidencia negativa sobre el ecosistema, así como la de los parques eólicos y, en menor medida, las estaciones solares, siempre están en la palestra. Una vez producida la electricidad, ésta se transporta a través de las líneas de alta tensión, en cuyo radio de acción parece ser que el índice de fallecimientos por patologías oncológicas se dispara, y las cuales son altamente vulnerables a la inclemencias climatológicas. Al consumidor final le llega mediante la distribución por las estaciones y subestaciones eléctricas de su ciudad. En su estado actual, la red eléctrica, a duras penas aguantará el creciente consumo. Es cuestión de tiempo que los apagones aumenten en frecuencia y gravedad poniendo en la picota tanto a los responsables políticos como a las grandes suministradoras de energía que obtienen pingües beneficios con un negocio garantizado. Lo acaecido en estos tres países es una clara advertencia por la cual el Gobierno español debería considerar como una prioridad la aplicación de un plan eléctrico nacional que supla las deficiencias existentes, elimine paulatinamente las baratas centrales térmicas y nucleares, aumente la producción limpia , pase bajo tierra las líneas de alta tensión, aleje las estaciones de los núcleos habitados y prepare medidas de contingencia en caso de corte del suministro. El pasado día 21 me quedé atónito al leer un artículo de don Paco Sánchez, en la contraportada de La Voz de Galicia, titulado Perdón . Quisiera, con todo el respeto, dirigirme a este señor para mostrarle públicamente mi disconformidad. Parto con la desventaja de desconocer si usted tiene hijos. Caso de que usted no tenga la suerte de ser padre, aún sin estar de acuerdo con su artículo, disculpo su ignorancia sobre los sentimientos tan profundos que el tener hijos conlleva. En caso contrario, si es usted un padre de familia, permítame mostrarle mi más profunda indignación por lo escrito en relación al asesino de Coín. Afirma no entender la reacción del pueblo llano ante un asesinato, para el que pide «un perdón que nos alejaría del odio y del primitivismo». Yo, como padre de dos niñas pequeñas, estoy más cerca de la reacción de indignación de la gente de la calle que de su postura de clemencia para con el criminal. Porque estoy convencido que de todos los sentimientos que en el ser humano afloran, la pérdida de un hijo es el peor que nadie puede experimentar. Por suerte, y es algo que ruego a Dios diariamente, mis hijas nunca han sufrido un percance grave. Pero he visto a las personas más fuertes romperse como el cristal ante la pérdida de un hijo. Y si esa pérdida se produce por la intervención asesina y criminal de un maníaco, el grado de dolor seguro se incrementa hasta no dejarte respirar. Cuando alguien te roba en unos minutos a tu ser más querido, agrandado con el nivel de violencia que ha dejado patente el asesino de Sonia y Rocío, cuando alguien es capaz de hacer tanto daño a esa niña que has mimado desde que la viste nacer, no existe el perdón que usted reclama. Por lo menos no tendría cabida en este padre que se ha sentido un tanto indignado con su indulgencia para un asesino de niñas. Si eso es ser primitivo, yo, a todas luces, lo soy. Francisco José Romeo Fonticoba . Ferrol. Leo en un número atrasado de Mercados un artículo de Carlos Agulló muy crítico con las inversiones de EE. UU en Galicia. Compara las inversiones de sus empresas agrarias con las maquiladoras de México y dice que corremos el riesgo de convertirnos en contenedor de los despojos de su poderío económico. Pero los datos dicen otra cosa. En el reportaje que acompaña a este artículo se señalan las ocho principales inversiones de ese país en Galicia. Cuatro de ellas tienen un interesante componente tecnológico (farmacéutica, automoción..), y tres son agrarias. De estas últimas una es Dean Foods, sobre la que hay ciertos recelos pero que, desde que compró Leche Celta, no sólo no redujo plantilla sino que la aumentó de 213 a 308 trabajadores. Y esta misma semana se habló del proyecto de Fastship con Izar para hacer barcos ultrarrápidos. Yo diría que las inversiones de EE. UU. en Galicia son bastante positivas. A Coruña.