CUANDO juntamos unas perras y caemos por alguna de las metrópolis del planeta (Londres, NY, Berlín) a los viajeros gallegos suele defraudarnos el look choqueiro de los indígenas. Con asombro, percibimos que la mayoría de los urbanitas de las ciudades más vanguardistas del orbe visten de manera cómoda, descuidada, sin alardes. Viendo a los neoyorquinos estivales (casi todos en bermudas y con camisetas tipo ferrys ) el representante de Grelos Land descubre que allí el mayor fashion victim es él mismo. El domingo, un gran periódico estadounidense abría contando que «la moda ya no está de moda», que hay hastío del circo de los diseñadores y del sistema de súper-cachondas de la pasarela. Se augura una ropa accesible a todos, porque aunque ponga Armani en una chapita, un rutinario pantalón vaquero no puede valer más que un reproductor de DVD. La moda va a ser democrática. Por eso, aunque se empecinen en armar las pasarelas en el inevitable Madrid, todos sabemos que el presente del negocio se sacha en Galicia y con los pies en el suelo.